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Comunicado del Caracol que canta al universo, a 13 años de su fundación. Huitziltepec, Mixteca poblana.

 

Buen día.

 

Sí, escuchó (o leyó) usted bien: un templo guadalupano que no es católico.

 

Templos guadalupanos, es decir, construcciones de carácter religioso dedicadas a la Virgen de Guadalupe los hay y muchos por todos el país.

 

Tan solo en Huitziltepec, tenemos la Ermita y 2 capillas arriba el cerro. Una en la cabecera municipal, Santa Clara, la otra en la junta auxiliar de Dolores Hidalgo.

 

Las peregrinaciones guadalupanas que salen de Santa Clara Huitziltepec ( la Antorcha juvenil, en diciembre, y la peregrinación ciclista y la de los que van caminando, en febrero) tienen todas como destino la Basílica de Guadalupe, en la ciudad de México.

 

Por cierto, sepan que la palabra basílica viene del griego antiguo basilike, y significa “perteneciente al rey, al Estado”. Se deriva de basileus, que significa “rey”.  En el Imperio romano era el edificio que servía de tribunal y de lugar de reunión y contratación. Piensen que actualmente en Roma, en el Vaticano, se levanta  arrogante la Basílica de San Pedro, que es como el templo del Papa.

 

Así pues, la Basílica de Guadalupe es el templo guadalupano más grande del mundo católico. No sólo en tamaño sino también en jerarquía institucional.

 

Aquí en la región, en el pueblo vecino de Santa Cruz Huitziltepec, perteneciente al municipio de Molcaxac, se levanta, desde hace apenas unos  cuantos años, una pequeña capilla guadalupana, justo en la cima del cerro  de Huitziltepec, que es el que nos da nombre e historia.

 

El Huitziltepec es ese cerro en forma de campana, se ve bien desde aquí, frente al aula de la Escuela Autónoma Emiliano Zapata. Una parte de este cerro es del municipio de Molcaxac y la otra del municipio de Huitziltepec.

 

Es un cerro de buen tamaño. Para llegar a la cima sólo hay vereda. No pueden subir vehículos.  Así que quienes construyeron esa capilla guadalupana, jóvenes de esa misma comunidad, subieron la  arena, grava, cemento, cal, varilla, alambrón…. Todo en burros. Toda una obra de trabajo colectivo.

 

Cada año, en la tarde/noche del 11 de diciembre, gente de esa comunidad, hombres y mujeres, suben con petate y cobija, para justo a la media noche, entonar las Mañanitas. Y ahí se están, tomado atole, café o un trago pal frío, comiendo tamales y panes. Cantan, le cantan a la Virgen y le rezan. Echan cuetes de luces y de trueno. Si ya están cansados se echan un sueño.  Al amanecer, todos vuelven  a cantar las Mañanitas. Y siempre, siempre la canción de : desde el cielo una hermosa mañana, la Guadalupana bajó al Tepeyac. Luego empiezan  a juntar todas las cosas que subieron y bajan juntos, en procesión, y llegan a la iglesia de su pueblo pues ya tienen reservada una misa especialmente para ellos el día 12 de  diciembre. Para terminar se van a comer a  la casa del organizador, el cual se cambia año con año. O sea que ya se empezó a formar allá una mayordomía guadalupana.   El año pasado de plano subieron planta de luz y había focos, lona y toda la cosa. Su celebración guadalupana se va haciendo cada  vez más grande. Se organizan más y mejor.

 

Pues sí, muchos templos guadalupanos  hay, chicos y grandes, sencillos y ostentosos. Todos tienen en común que están regidos por la Iglesia católica y que  se enmarcan en el culto a la Virgen María.

 

Y eso es precisamente lo que hace diferente a la Pirámide guadalupana que aquí se levanta, que no es un templo católico.

 

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La Pirámide  guadalupana está aquí, en este terreno que se llama Caracol que  canta al Universo el que, por cierto, tomó este nombre y este camino hace ya 13 años.

 

Este Caracol, en la Mixteca poblana, no intenta ser una copia  de los Caracoles zapatistas. Ni queriéndolo podríamos hacerlo, lo sabemos.

 

Los zapatistas, las zapatistas, son nuestros compañeros en el Congreso Nacional Indígena. Ya ven que en unos días celebraremos con ellos el Quinto CNI y los 20 años de su fundación.

 

Los admiramos, es cierto, pero sobre todo,  los respetamos. Mucho hemos aprendido de ellos, de ellas.  Lo que les aprendimos hace 13 años, en 2003, es que la autonomía sólo se puede ejercer sobre un territorio bajo control propio.

 

Así que aquí no somos zapatistas. Somos, sí, mazehuales.

 

Como dice el letrero de la entrada. Este terreno no es público ni privado, es autónomo y en él estamos en rebeldía y en resistencia. Este Caracol, de  apenas poco menos de una hectárea, es el pedacito de tierra de la Tierra que nos toca cuidar y defender.

 

Aquí es donde estamos construyendo nuestra autonomía, y parte de esta construcción es nuestra Pirámide guadalupana: un templo guadalupano que lo es sin pedir permiso y sin reconocerle autoridad alguna a la Iglesia católica.

 

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En mayo pasado fui invitado a la capital del país a un conversatorio con Leonardo Bofff. Sí, el célebre teólogo brasileño, uno de los grandes y últimos exponentes de la Teología de la Liberación y quien ejerció gran influencia en la elaboración de la encíclica ecológica Laudato Si, presentada al mundo en junio del año pasado por el Papa Francisco. El conversatorio se llamó “Clamores de la Tierra”, y en él participaron representantes de diferentes movimientos sociales.

 

Viene al caso, porque ahí, en una sala completamente llena de la Comisión de derechos Humanos del Distrito Federal, hablé precisamente de la Pirámide guadalupana. Por lo que quiero citar algunas palabras:

 

Pero, además, en nuestro Caracol, se levanta una pirámide guadalupana: un Teokali.

 

Los Musulmanes levantan mezquitas, sinagogas y los Judíos, bueno, los nahuas teokalis.

 

En el siglo XVI, con la guerra del cristianismo contra la religión náhuatl, fueron derribados  cientos de pirámides.

Pero la nuestra no es una ruina prehispánica; es del presente y mira dignamente al mañana.

 

Ahí hemos realizado  rituales en los equinoccios y solsticios ; hemos hecho “siembra de nombre”, que es como el bautizo, pero nada más que en lugar de encomendar al bautizado al Dios judío, lo hacemos a la madre Tierra; salimos en peregrinación y después de caminar durante 4 días, llegamos al sagrado cerro del Tepeyac en esta ciudad de México.

 

Este solsticio de invierno llegaremos nuevamente al Tepeyac para pedir humildemente, respetuosamente: ¡Justicia para Ayotzinapa!

 

 

 

Hasta aquí la cita. Si alguien desea leer la ponencia completa la puede consultar en:

http://www.tonantzinguadalupe.org/maestro-filo-a-leonardo-boff-sobre-la-madre-tierra/

 

Pues sí,  nuestro templo guadalupano no esta dedicado a la Virgen María de Guadalupe. Esta, sí, consagrado a Tonantzin Guadalupe.

 

Y no. La Virgen y Tonantzin  no son la misma. Cada una representa un mundo diferente, otra civilización.

 

La Virgen de Guadalupe  es María, una mujer judía utilizada por el Dios de Israel para que procreara a su hijo Jesús: el dios de los cristianos.

 

Tonantzin Guadalupe es Nuestra Venerada Madre, la Tierra. La madre más primera, la madre generosa que a todos alimenta y a la que al morir regresaremos.

 

No sé si ustedes, quienes escuchan o leen esto, conocen a la Coatlicue. Tal vez , debido a como nos educan, conozcan más de arte europeo: medieval, renacentista, clásico, contemporáneo, moderno, post moderno, post-postmoderno.

 

 

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Pero miren, la Coatlicue no es cualquier cosa. Es una advocación de la Madre Tierra. En el Museo Nacional de Antropología e Historia  se encuentran 2 esculturas de Coatlicue. La más conocida es la enorme escultura azteca de 2 metros y medio de altura, la otra, más  pequeña, de menos de medio metro de altura,  es de la región de Tehuacán.

 

Ambas esculturas, como su nombre lo indica, llevan su falda de serpientes.

 

La de Tehuacán tiene por cabeza un cráneo; sus chichis están caídas, cansadas de tanto amamantar la vida sobre la tierra; por pies tiene enormes garras.

 

La Coatlicue azteca (tenochca o mexica) es mucho más compleja: incomprensible y monstruosa para la mayoría. Y es que esta escultura escapa por completo a la mentalidad y el criterio artístico occidental. Está representada como un monstruo que todo lo devora:  manos, corazones. Y sí, ya lo ven que cuando alguien se muere, cuando lo entierran es como si la Tierra abriera sus fauces; bajan el cuerpo del difunto y entonces, cual monstruo hambriento, las cierra y empieza a  devorar los cuerpos, lentamente los descarna. No tiene cabeza, en su lugar, del cuello le salen 2 enormes cabezas de víboras, las que se encuentran frente a frente, y que salen de sus propias entrañas.

 

Pasa que la serpiente misma simboliza cosas diferentes en el pensamiento judeo-cristiano y en el pensamiento  náhuatl. Para el primero es el símbolo del demonio, del mal, del pecado. Pero para nuestros antiguos, la serpiente, el animal que siempre se arrastra, simboliza a la tierra. Por eso su falda de serpientes, la superficie terrestre donde habita la vida, y la muerte.

 

La gran Coatlicue fue encontrada el 13 de agosto de 1790, cuando se estaban haciendo el emparejamiento y las atarjeas en la Plaza mayor, o sea el zócalo de la ciudad de México.  En ese entonces la nombraron Teoyaomiqui. Se le envió a la entonces Real y pontificia Universidad, en donde al poco tiempo fue enterrada por los frailes a cargo.

 

¿Por qué la volvieron a enterrar?

 

 

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Hay un documento, una carta que escribió el entonces obispo Benito María Moxó y Francoly, en la cual se dejan ver los motivos. Leo una parte:

 

 

La estatua se colocó  […] es uno de los ángulos del espaciosos patio de la Universidad, en donde permaneció en pie por algún tiempo, pero al fin fue preciso sepultarla otra vez  […] por un motivo que nadie había previsto. Los indios, que miran con tan estúpida indiferencia todos los monumentos de las artes europeas, acudían con inquieta curiosidad a contemplar su famosa escultura. Se creyó al principio que no se movían  en esto por otro incentivo que por el amor nacional, propio no menos de los pueblos salvajes que de los civilizados, y por la complacencia de contemplar una de las obras más insignes de sus ascendientes, que veían apreciada hasta por los cultos españoles. Sin embargo se sospechó luego, que en sus frecuentes visitas había algún secreto motivo  de religión.

Fue pues  indispensable prohibirles absolutamente la entrada; pero su fanático entusiasmo y su increíble astucia burlaron del todo esta providencia. Espiaban los momentos en que el patio estaba sin gente, en particular en la tarde, cuando al concluirse las lecciones académicas se cierran a una todas las aulas. Entonces, aprovechándose del silencio que reina en la morada de las musas, salían  de sus atalayas e iban apresuradamente a adorar a su Diosa Teoyaomiki.   Mil veces, volviendo los védeles de fuera de casa y atravesando  el patio para ir a sus viviendas, sorprendieron a los indios, unos puestos de rodillas, otros postrados  […] delante de aquella estatua, y teniendo en las manos velas encendidas o alguna de las varias ofrendas que sus mayores acostumbraban presentar a los ídolos. Y este hecho, observado después con mucho cuidado por personas graves y doctas  […] obligó a tomar, como hemos dicho, la resolución de meter  nuevamente dentro del suelo la expresada estatua…

 

 

 

 

 

En 1803 la volvieron a desenterrar para que  el barón Alexander Von Humboldt  la conociera, pero una vez por él examinada la volvieron a enterrar. Allí permaneció hasta el triunfo del movimiento insurgente, cuando se ordenó que la sacaran para colocarla en los pasillos de la Universidad. Lo cual se debió a la petición de un súbdito británico a las autoridades del naciente país para sacarle copia de yeso, junto a otras piezas como el Calendario azteca, con el fin de montar una exposición en el Egyptian Hall de Londres.

 

Años más tarde, en 1865, fue inaugurado por el emperador Maximiliano de Habsburgo el Museo Nacional, en donde se concentraron todos los monumentos arqueológicos. La Sala de Monolitos fue inaugurada  en 1887 por Porfirio Díaz. En 1964 se inauguró el Museo Nacional de Antropología e Historia, a donde fue trasladada y actualmente se encuentra en la Sala Mexica.

 

Pues bien, si miran la Pirámide guadalupana verán que al pie de la misma se encuentra una especie de plinto, es decir,  una base cuadrada de poca altura, en realidad de 120 centímetros de lado por 20 de alto.  Sobre la superficie está grabado un Nahaui Ollin: cuatro puntos unidos por un centro.  Precisamente en el centro se encuentra parada, desafiante, una réplica a escala de la Coatlicue azteca, de unos 30 cm.

 

 

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Esta escena, la Coatlicue surgiendo de un Nahui Ollin, fue resultado del Comparte.

 

 

Sí, ya ven que los compas zapatistas convocaron en julio pasado a un encuentro de artistas, el Comparte por la Humanidad, en el Cideci, en San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas.

 

De nuestra parte, del Caracol que canta al Universo, queríamos llevar nuestro arte para compartirlo. Pero  nos fue imposible. Porque resulta que la obra artística que nos identifica, o sea que nos da identidad, “rostro y corazón”, es la Pirámide guadalupana.

 

Nomas que debido al sol ya las pinturas que la adornaban se habían casi descarapelado por completo, y con las lluvias los blocks se estaban desmoronando. Así que había que darle una manita de gato, o sea revocarla y pintarla, y eso implicaba comprar los materiales necesarios.

 

Por otro lado, había compas del CNI y de la Sexta de aquí del estado de Puebla, que querían asistir al Comparte, pero que, por alguna razón, no podían.  Entonces llegamos al acuerdo de que durante las 2 semanas de comparte en Chiapas, aquí en nuestro Caracol organizáramos un Campamento por la Pirámide guadalupana. Y que se traen sus bolsas de dormir y sus tiendas de acampar.

 

Empezamos con un encuentro por la educación que se llamó:  ¿Y tú qué, qué estás haciendo por la educación?

 

Durante esas dos semanas hubo varias actividades, talleres y pláticas.  Los compas del CNI y la Sexta hicieron pan en nuestro horno y se trajeron los implementos para hacer nieve, los cuales llevaron a vender al pueblo. Con el producto de esas ventas compramos material para los trabajos de la pirámide.

 

A medio campamento, un domingo, llegó mucha gente a conocer la Pirámide guadalupana. Después de admirarla pasamos al aula a una sesión de preguntas y respuestas. Pero además, como los compas de la Sexta le saben a eso de la música, aprovechamos para grabar una canción.

 

Hace ya varios años pinté una Guadalupana muy especial, una que lleva su falda de víboras de Cascabel. La pintura original la entregamos a los compañeros zapatistas en 2011 en el Caracol de Oventik, para que los acompañe en su lucha.  Con esa pintura también escribí una canción, la cual  lleva la tonada de las Mañanitas, y que narra justamente la historia  de cómo la Coatlicue se transmutó  en Guadalupe. Lleva un coro en náhuatl que dice:

 

Itlan ze tepetontli,

kampa xochitl mohuapana.

Onikittak  ze´chpocatzin,

noyollotzin titilana.

 

 

Esta canción sólo la cantamos una vez y permaneció guardada por años. Pero con eso del Comparte salió nuevamente a la luz.

 

Fue maravilloso escuchar las voces de niños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, cantar y contar la visión de los vencidos. Hasta se enchinaba la piel y las lágrimas amenazaban con fluir.

 

Llegó el día de la clausura  del campamento y todos se fueron de regreso a sus lugares.

 

Al día siguiente, cual conserje que soy,  me dispuse a hacer aseo general. Al llegar a la Pirámide procedí a sacar todo lo que hay en el adoratorio (con excepción de la pintura de la Guadalupana de las Flores Preciosas, la que se encuentra empotrada en la pared), el pequeño cuarto en la cima: candeleros, veladoras, floreros…. Y una escultura de barro de la Coatlicue.  Esa escultura me la entregó, de manera solemne,  hace ya varios años,  una de las  jefas danzantes de la mexicanidad que han venido a la pirámide a realizar algún ritual.

 

Pensé sólo en lavarla, pero la vi un tanto descolorida. Entonces que se me ocurre darle una retocadita, supuse, ingenuo, que en un par de horas estaría lista para colocarla nuevamente en su lugar. Por comodidad la llevé a la mesita de la Clínica Autónoma Tomikiztekiu.  Fui por las pinturas al Zentro de Estudios Guadalupanos Amoxkali. Recordé que entre los libros ahí reunidos está el de El Calendario Azteca y otros Monumentos Solares, en el que aparecen imágenes de excelente calidad de la Coatlicue azteca en vista frontal, lateral derecha, lateral izquierda, posterior, superior e inferior. Así que lo tomé y me lo llevé a la clínica. Antes de empezar a pintar me senté a observar las imágenes de dicho libro. Y empezaron a pasar las horas, y los días.

 

Resultó que mi escultura de Coatlicue era una mala copia de la original, tenía elementos de más y de menos. De tal manera que tuve que dibujarle  los elementos que le faltaban y que disimular con pintura los que le sobraban. De ratos pintaba, de ratos iba por más libros, de ratos me sentaba a leer. Miren que el trabajo de albañil es pesado, pero también lo es el hacer arte, desde el amanecer hasta el anochecer.

 

Al terminar de pintarla y barnizarla, rodeada de recipientes de pintura y libros, la observé y me di cuenta de algo: que sin proponérmelo, había yo “leído” a la Coatlicue.

 

En serio. La escultura de Coatlicue no es un ídolo.  Los antiguos nahuas no creían que existiera un ser así, ni aun en el mundo metafísico. Es un texto y de ella aun falta mucho por aprender.

 

Los elementos que la conforman  son símbolos que representan conceptos, complejos y altamente especulativos. No es un simple conjunto de conceptos puestos al “ahí se va”, “sin ton ni son”. Por el contrario, la armonía y el orden se dejan ver por todas partes, incluida la parte inferior, la que no se ve.

 

Como ya dijimos, la escultura de la Coatlicue azteca está esculpida por todas partes. En la parte inferior se encuentra una reveladora escena de la que ya en otra ocasión tendremos la oportunidad de hablar al respecto. Por ahora, baste decir que el centro de esa escena lo constituye un símbolo: un Nahui Ollin, cuatro puntos unidos por un centro.

 

Miren, “leer” a la Coatlicue no fue un golpe de suerte. Fue el resultado de 15 años de aprender el arte náhuatl, el cual no es posible entender sin el estudio de los códices, escritos en el sistema de la “palabras pintadas”, y  de los textos, cantares y crónicas, escritos ya en el alfabeto latino pero en náhuatl, a partir del siglo XVI. Ahí están el pensamiento, las” flores y cantos” de los antiguos nahuas.  Finalmente, la Coatlicue de barro quedo al pie de la pirámide.

Al respecto, quiero retomar algunas otras palabras de la ponencia ante Leonardo Boff:

 

 

Hace 500 años con la Conquista espiritual, los invasores exterminaron las antiguas instituciones religiosas, no así  nuestra espiritualidad.

 

A pesar de 5 Siglos de explotación, despojo, represión y desprecio, esta sigue viva en el corazón de nuestros pueblos.

 

En el Mundo náhuatl la resistencia espiritual se dio a través del arte. Entre templos, bibliotecas, libros y sabios quemados, un  par un de artistas encontró la forma de  sobrevivir a  tanta Destrucción.

 

  • Un tlakuilo pintó la pintura que actualmente se encuentra en la Basílica de Guadalupe. En ella plasmó símbolos sagrados. En el centro de su obra dibujo un Nahui Ollin (una flor de 4 Pétalos), el símbolo de la concepción espacio-tiempo del antiguo pensamiento náhuatl.

 

  • Un tlamatini escribió el texto que narra las apariciones guadalupanas al indígena Juan Diego: el Nikan Mopohua. Le colocó interpolaciones cristianas para evitar ser censurado y sancionado por los franciscanos; Pero al hacerlas a un lado, el resultado es un texto sagrado de la antigua religión náhuatl.

 

Sí, 2 obras de arte son nuestra herencia. Con ellas estamos reconstruyendo nuestra historia, nuestra identidad, nuestro “rostro y corazón”.

 

 

En conclusión. El Nahui Ollin, el símbolo del Quinto Sol, es el vínculo entre la Coatlicue y la Guadalupe,  entre el pasado y el presente. Ambas obras maestras fueron  realizadas por artistas nahuas.

 

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Y eso es precisamente  nuestra Pirámide Guadalupana, el Teokali de  Tonantzin: una obra de arte náhuatl.  Tomen en cuenta que el mundo de los símbolos nahuas alcanzó su formulación más primera y plena en la antigua Teotihuacan.

 

Hace poco, algunas semanas, entraron aquí al  Caracol que canta al Universo, en calidad de visitantes,  muchas personas, unas 20.  Eran un par de familias de aquí del pueblo, con sus parientes que se fueron a vivir   a la ciudad de México y  que venían al pueblo de visita por la fiesta patronal.

 

Yo me encontraba en la pirámide, pintando la escena de los 4 cargadores del cielo, los 4 grupos de 13 años que juntos forman un ciclo de 52 años.  Uno de ellos, el planeta Venus al amanecer, ya estaba delineado en negro, y mero le estaba yo poniendo colores.

 

Como pueden ver la Pirámide guadalupana se encuentra dentro de un área acordonada. Por esos días debidos a los trabajos se encontraba cerrada al público, por lo que los visitantes se encontraban todos frente a la pirámide, desde donde hacían preguntas y comentarios. A los que yo respondía  sin dejar de pintar.

 

Resultó que no conocían ni a la Coatlicue ni el Museo Nacional de antropología. En fin, que de entre todos, una joven madre de familia preguntó con cierto desdén:

 

-¿Y quién es ese muñeco que estás pintando?

 

 

No respondí de inmediato. Permanecí callado. Seguí pintando al tiempo  que observaba lo que tenía frente a mí: el cabello, su color y peinado; los adornos en la cabeza, nariz, oreja, manos, rodillas, cuello; la posición  de las manos. Los colores del rostro, cuerpo y vestimenta. Todo un enjambre de símbolos que representan elaborados conceptos dentro de la cultura náhuatl.

 

Con pincel en manó me di la vuelta, y viendo a todos de frente respondí:

 

-No es u muñeco, es un texto. Nomás que para leerlo tendrías que aprender a leer en el antiguo sistema de escritura náhuatl, o sea en el que estaban escritos los códices.

 

Metí el pincel en el recipiente de pintura y seguí pintando, es decir, escribiendo.

 

Compas del CNI y la Sexta. A la pregunta expresa:

 

¿Qué se necesita para construir una casa nueva, tan grande que en ella quepan no uno sino muchos mundos?

 

Nuestra respuesta, la de los mazehuales, es: “In xochitl, in kuikatl”

 

 

Es todo, por ahora.

 

 

Desde el caracol que canta al Universo, en la Mixteca poblana, a 13 años de su fundación, en el equinoccio de otoño:

Maestro Filo

Conserje y  maestro.

Septiembre del 2016

 

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Ah ¡Casi lo olvidaba!

 

Tenía que decirles que caminar es otra forma de resistir.

 

Sí. De aquí a tres meses saldremos en peregrinación desde el Teokali de Tonantzin, nuestra Pirámide guadalupana.

 

Caminaremos durante varios días.

 

Atravesaremos volcanes, cerros, barrancas, ríos, bosques, veredas, caminos, carreteras, autopistas, pueblos, ciudades.

 

Llegaremos cansados y adoloridos.

 

Pero no. No llegaremos a la Basílica de Guadalupe.

 

Nuestro destino es, será, el sagrado cerro del Tepeyac. Milenario lugar de culto consagrado a Tonantzin, Nuestra Venerada Madre, la Tierra.

 

Y justicia para Ayotzinapa le pediremos, le prometeremos.

 

Axkan kema. Ahora sí.  Es todo.

 

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