Radio Caracol, la voz de la Escuela Autónoma Emiliano Zapata (EAEZ). Programa especial dedicado al maíz.

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Como Escuela, tenemos algo que decir acerca del maíz.

I

Sí, el maíz. Tan cotidiano, tan nuestro, que no le prestamos normalmente atención ni le damos importancia.
¿Qué qué tiene de especial?

Pues que es una planta maravillosa, nada se desperdicia del maíz y en general de la milpa: Los granos, las hojas, las espigas, el olote, los tallos y hasta el agua del nixtamal tienen un uso específico e integral, para satisfacer distintas necesidades culturales y sociales. La espiga se emplea para hacer tamales. El elote se come entero, asado o cocido, rebanado para sopas, moles y otros guisos o en grano, ya sea entero (para sopas, pozole, ensaladas, etc.) o molido (para tamales, atoles, pasteles, etc.). La caña es una golosina. Seca o desgranada, la mazorca tostada y molida se emplea para pinoles, atoles y galletas; nixtamalizada, sirve para hacer tortillas, tacos y antojitos.

El origen del maíz es incierto, hay hipótesis que consideran que esta planta es originaria de la región del valle de Tehuacán, aquí cerca, así lo indican los antiguos restos encontrados en una cueva de Coxcatlan. Pero más que domesticada, la planta del maíz fue creada por el trabajo humano. El maíz no es una planta común y corriente, es una planta humana, cultural en el sentido más profundo del término, porque no existe sin la intervención inteligente y oportuna de la morena mano que lo cultiva; el maíz no es capaz de reproducirse por sí mismo.

El maíz ha sido, por miles de años, la base de la alimentación de todas las culturas indígenas de México, entre ellas los mixtecos, populoca y nahuas, que habitaron, y aun habitan, nuestra región: la mixteca poblana.

No hay lugar en México en donde no se observen huellas del maíz que, como en la antigüedad, hoy sigue nutriendo nuestra cultura y nuestros cuerpos; en el pasado las grandes civilizaciones y las millones de vidas mexicanas en el presente, tienen como raíz y fundamento al generoso maíz. Lo podemos encontrar en cada rincón que visitemos como base fundamental en nuestra alimentación y cultura.

Hace 500 años, con el brutal choque entre dos mundos, el español contra el indígena, los invasores empezaron a imponer sus costumbres, su religión, su idioma, y sus alimentos. Empezaron a sembrar su trigo y sus uvas. Pero los indígenas mexicanos resistieron conservando la base de su alimentación: el maíz, comiendo y bebiendo atole, xocoatole, chilpanili, chileatole, tamales, y, claro, tortillas.

Los españoles comían pan, y a un tipo de estos le llamaban “torta”. Para ellos lo que comíamos los mexicanos era una torta mal hecha, y por eso la llamaron “tortilla”, con desprecio. En mexicano, tortilla se dice Tlaxcal.

Por eso, si llegan a ir a una casa en donde se hable mexicano y les pregunten si quieren una tortilla: Tikneki ze tlaxcaltzintli?, pues respondan Kema, que quiere decir que “sí”; porque un taquito nunca se desprecia.

Hay muchas palabras relacionadas con el maíz; por ejemplo:
Tlayölli- es la semilla del máiz; xilotl- el jilote; elotl- el elote, centli- la mazorca.

II

El maíz es nuestra carne, nuestro sustento, nuestra cultura:

—Otlakatke in teteo in maseualtin.
Ye ika in otopantlamaseúke.
Yenoseppa kitoke:
—¿Tlein kikuaske, teteoyé?

—Han nacido, oh dioses, los macehuales, las personas,
Porque, por nosotros hicieron penitencia.
Así pues de nuevo dijeron los dioses:
—¿Qué comerán los hombres, oh dioses?

¡Que descienda el maíz, nuestro sustento!

El maíz fue parte esencial en la vida religiosa de los antiguos mexicanos.

“Cuenta un antiguo mito maya que los dioses creadores poblaron el mundo con los animales del cielo y de la tierra, pidieron a estas criaturas que los alabaran invocando sus nombres; pero solo recibieron chillidos, graznidos y gorjeos. En castigo, los dioses enviaron a los animales a las barrancas y a los bosques, convirtiendo sus carnes en alimento. Tras su fracaso, los dioses decidieron formar seres mejores: los hombres. Como primer intento tomaron la Tierra como materia prima, pero las nuevas criaturas se deshacían, carecían de fuerza y movimiento, tenían la vista velada, eran incapaces de reproducirse. Frustrados, los dioses intentaron con la madera de colorín. Los nuevos seres pudieron moverse, hablar y reproducirse; pero sus carnes eran enjutas, sin sangre ni sustancia; no tenían alma ni entendimiento, vagaban sin rumbo sobre la tierra.
Decepcionados, los dioses destruyeron su creación.
Nuevamente reflexionaron y discutieron buscando la claridad de su pensamiento. Entonces enviaron a varios animales a traer las mazorcas amarillas y blancas. Molieron el maíz e hicieron con la masa nueve bebidas, y con ella crearon la sangre y la carne del primer varón y la primera mujer. Fueron maravillosas criaturas, quienes pudieron reproducirse para llenar el mundo de seres que reconocen, alaban y alimentan con sus ofrendas a los dioses”

Como se darán cuenta, los relatos míticos otorgan al maíz el papel de protagonista, le concibe dones y lo convierte en dioses, dándole así el valor de una planta sagrada.
La antigua religión náhuatl tuvo una deidad del maíz, una advocación de la madre Tierra, patrona de la subsistencia, principal patrona de la vegetación y, por extensión, diosa también de la fertilidad y el sustento diario. Su nombre era Chicomecoatl, y la representaban portando 7 mazorcas. Chicome es, en náhuatl, el número 7.

El culto al maíz se centraba en el mes de Huei Tozoztli del calendario mexicano (en el calendario cristiano equivale a parte del mes de septiembre). Entonces los altares de las casas eran adornados con plantas de maíz y en los templos se bendecían sus semillas.

El aspecto religioso del maíz no es cosa muerta; ha sobrevivido a los largo de siglos de imposición. Actualmente, tan solo aquí, en santa Clara Huitziltepec, hay quien tiene colgado del techo de su cocina, un manojo de 7 mazorcas y a decir de la casera, lo puso para que en su cocina no le falte el sustento diario. También hay campesinos que llevan a bendecir sus semillas y que, antes de sembrarlas, hacen una oración.

En resumen, los antiguos dioses, generosos, dieron el maíz para el consumo del hombre, pero es éste quien tiene que cuidarlo. El maíz surge de la tierra, el hombre tiene que cultivar, atender, alimentar al mismo maíz para que se engrandezca y le aporte sus beneficios.

De tal manera que no es exagerado afirmar que somos los hijos e hijas del maíz. El maíz es la planta que nos dio, nos da, la vida; es nuestro hermano, nuestro ser, nuestra memoria histórica, fundamento de nuestra cultura, realidad de nuestro presente.

Pero este aspecto sagrado y cultural del maíz está siendo atacado violentamente. Precisamente por estos días empresas extranjeras de alimentos pretenden ejercer un control totalitario sobre nuestro maíz, y sobre nuestras vidas. Es en serio.

III

La EAEZ es integrante del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD); entre cuyos miembros se encuentra el compañero Javier Sicilia. De la caravana al Sur del MPJD, en septiembre del 2011, surgió la iniciativa, por parte de varios jóvenes, de reunirse;y de este encuentro nació el Jaden, cuyas siglas significan: Jóvenes ante el Desastre y la Emergencia Nacional. Recientemente el Jaden y otras organizaciones sociales (como el Yo soy 132 ambiental, la Asamblea Nacional de Afectados Ambientales, la Red Nacional en Defensa del Maíz y otras más, se juntaron para llevar a cabo una campaña de información nacional acerca del maíz transgénico.

La EAEZ participó, participa, en esa campaña. Y es que como Escuela, es nuestro deber decir, decirles, que los malos gobiernos no actúan para defender a los pobres, que somos la gran mayoría; todo lo que hacen es para beneficiar a las empresas extranjeras, ya sean bancos, refresqueras, mineras, financieras, energéticas, etc. Entre esas empresas está Monsanto, que lleva más de un siglo vendiendo venenos (como el agente naranja, utilizado en la guerra de Vietnam) y apenas lleva unos 15 años vendiendo semillas.

Pero las semillas que vende esta empresa gringa no son cosa buena; son semillas hechas para controlar la alimentación de todo el género humano. En sus laboratorios crean semillas a las cuales se les introducen genes de otros organismos, animales y vegetales. Entre las modificaciones que les hacen es que les quitan el gen que les permite a las plantas reproducirse.

Pongámoslo de esta forma; cualquier campesino de esta región siembra su maíz, lo cuida, lo cosecha; entonces aparta las mejores semillas para, al siguiente año sembrar otra vez, y el ciclo se repite.

Este ciclo se rompe con el maíz transgénico, pues el campesino compra su semilla en un envase muy bonito, siembra y cosecha, aparta los mejores maíces pa la próxima siembra y ¡Sorpresa!, cuando las siembra ya no se dan, ya no se pueden reproducir. Con esto el campesino se ve obligado a cada año comprar semillas a la empresa gringa para sembrar su campo; con lo que pasa a depender absolutamente de la trasnacional, lo cual es, por donde se le vea, una nueva forma de esclavitud.

Otro ejemplo, en el laboratorio se crea una semilla a la que se le introduce el gen del veneno del alacrán, de manera que cuando esta planta crece transpira el veneno, el cual mata a las plagas; también han creado semillas resistentes a herbicidas venenosos como el glifosato.

En principio suena bien el que una planta sea fuerte y resistente, pero el problema es:

¿Quiénes salen afectados?
¿Quién se come esas semillas?

La respuesta es que en los países donde está permitido sembrar semillas transgénicas, entre la gente que vive cerca de los plantíos de cultivos transgénicos, han aumentado el número de casos de cáncer, embarazos que no llegan al parto y malformaciones genéticas en los nacimientos.

Tan sólo en octubre pasado, en Francia se realizó un estudio científico que consistió en alimentar a ratas con el maíz que se ha autorizado sembrar en México, el MON603. Las ratas empezaron a tener problemas de salud a los 4 meses de estar ingiriendo el maíz transgénico; desarrollaron cáncer, enfermedades renales y del hígado.

El gobierno federal está por aprobar la siembra comercial de 2 millones de hectáreas de maíz transgénico en los estados de Sinaloa y Tamaulipas. De llevarse a cabo, los primeros lugares a donde llegara este maíz serán las tortillerías de las ciudades. Con lo que, en pocos meses, millones de mexicanos estarán comiendo maíz transgénico.

Aquí, en este rincón de la mixteca poblana (santa Clara y santa Cruz, ambos Huitziltepec) somos afortunados; pues a pesar de toda la porquería de comida que nos está llegando del extranjero (salchichas, jamón, maruchas, frituras), todavía consumimos maíz criollo. Los sábados por la mañana llegan los campesinos de santa Cruz a vender su maíz en el tianguis; la amas de casa que muelen y las que venden tortillas acuden a comprar su maíz. Este año se dieron buenas cosechas en santa Clara, y varios cosecharon su propio maíz. Hay alegría porque hay mucho maíz; y ya los campesinos escogen las mejores semillas para sembrarlas el próximo año.

Pero, por favor, deténganse a pensar seriamente por un momento:

¿Qué pasaría si tan sólo una persona en la región llega a sembrar maíz transgénico?

Bueno, esas plantas empezarían a polinizar y contaminar todas las demás siembras.

¿Se imaginan la dimensión del desastre?

Hablamos en serio, por eso decimos que estamos ante una emergencia nacional.

El asunto es, pensamos, delicado; todos, todas, nos importe o no, saldremos afectados.

Porque en esta parte del mundo, estas tierras de las que somos originarios, nació el maíz; porque nuestros abuelos, los más antiguos, los más primeros, lo criaron;
porque con el maíz nuestros antepasados se criaron ellos mismos, al forjar una de las grandes civilizaciones de la historia mundial;
porque la casa más antigua del maíz está en nuestras tierras;
porque desde este lugar del universo se fue para otras partes del mundo;
porque está en el centro de nuestra vida cotidiana;
porque aparece sin falta diariamente en nuestra dieta y en nuestra mesa;
porque es el corazón de la vida rural y un ingrediente infaltable en la vida urbana;
porque somos hijos e hijas del maíz y porque lo somos a contracorriente, en lucha continua contra los vientos dominantes:

Es nuestro deber defender el maíz criollo, que no es otra cosa que defender el derecho a seguir existiendo, a la vida y a nuestra cultura.

Por la EAEZ
Maestro Filo
Al medio día del 21 de diciembre del 2012
Huitziltepec, Mixteca poblana