Hoy 10 de abril del 2012 se cumplen 93 años de la muerte de Emiliano Zapata Salazar, general en jefe del Ejército Libertador del Sur. Como parte de la conmemoración de este hecho, rescatamos el audio del programa transmitido hace dos años de “Radio Caracol: la voz de la Escuela Autónoma Emiliano Zapata”, de Huitziltepec en la mixteca poblana, en el que se lee y narra la carta que el caballo de Zapata envió a su amigo, el caballo Filote.

Radio Caracol: La carta del caballo de Zapata by tonantzinguadalupe

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Texto del audio:

El pasado 10 de abril, nuestra escuela Autónoma Emiliano Zapata   llevó a cabo la conmemoración  a la muerte-nacimiento de Emiliano Zapata, en le zócalo de la cabecera de este municipio.

En una mesa colocaron una bandera de México, una imagen de Zapata, flores de cempaxuchil, una botella de alcohol de maguey.

El maestro  Filo, a nombre de la EAEZ, contó un cuento dedicado exclusivamente a los niños, las niñas y los caballos de este Municipio de Huitziltepec.

Aquí les presentamos la historia de

“El Filote, el Caballo que sabía leer y escribir.”

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El caballo de Zapata, amigo del caballo Filote

Buenas tardes, estimados radioescuchas, BIENVENID@S,  estamos transmitiendo desde el corazón de la cabecera municipal de Huitziltepec.

En el programa del día de hoy, 10 de abril, queremos contarles una Historia; nada más que es una historia dedicada especialmente a los niños, niñas y caballos de esta Tierra de Huitziltepec.

Viene al caso porque en este día se recuerda al General Emiliano Zapata, pero no a su caballo,  y porque abril es, además, el mes de los niños.

Y también porque Zapata anduvo por el estado de Puebla, en la mixteca; y en la mixteca poblana hay una niña, Zitlalmina, y un niño,  Tlakaélel,  que han llegado con sus padres hasta nuestra Escuela Autónoma Emiliano Zapata.

Ya en el aula, mientras los adultos dialogan, estos niños juegan, dibujan, pintan, cantan y bailan. Y también se pasean en un caballo que luego anda  por ahí rondando. Un caballo “de mentiritas”, como  decimos los niños.

Para ella y él, Zitlalmina y Tlakaélel, y, a través de ellos, para todas las niñas, niños y caballos,  de este municipio, va esta historia que habla de un caballo, del caballo de Emiliano Zapata.

Sobre Emiliano Zapata se ha escrito y dicho mucho, y no es poco lo que se ha hecho. Hay, sin embargo, otros  aspectos de la lucha zapatista que han pasado desapercibidos para los historiadores.

Yo no soy historiador (soy un pobre maestro de pueblo, un poco niño y un mucho caballo), pero he tenido los medios para conocer historias grandes y pequeñas que se refieren a lo que estuvo alrededor de Emiliano Zapata.

La que ahora les contaré, es una historia que me fue referida, a su vez, por un caballo de aquí de Huitziltepec: El Filote.

El Filote  es el caballo en el que se pasean la niña Zitlalmina y el niño Tlakaélel.

El Filote no tiene dueño, es un caballo libre, en veces se refugia en el cerro, en otras se deja ver en alguna de las 3 comunidades que forman este municipio.

Pero ésta que cuento, no es la historia, en sentido estricto, de Filote (aunque él tendrá una parte destacada), sino la historia del caballo del General Emiliano Zapata.

Para comprender lo que contaré hay que ser niño, caballo, o niño y caballo.

Hay niños  que dicen que hay caballos que hablan. Los adultos no les creen, pero si lo dicen  será por algo. Yo nada más conozco uno.

También conozco un caballo que sabe leer y escribir.

Yo sé que habrá adultos que, al escuchar esto, dibujaran una sonrisa en su rostro y  aseguraran emocionados:

¡Ya ven, como el Filo sí está loco!

Pero los niños, y las niñas, sí comprenderán que estas cosas ocurran, quiero decir, que existan caballos  que saben leer y escribir.

Así que, como aval de mi relato, sólo tengo a los niños, niñas y caballos que saben que el mundo está lleno de maravillas que pasan, las más de las veces, desapercibidas.

Y bueno, para escribir, los caballos toman el lapicero con su boca, agarrado con los dientes, y se ponen a darle y darle.

Pero no delante de cualquiera lo hacen. Sólo muestran lo que saben cuando están seguros que uno es como ellos, o sea niño y/o caballo.

Un día,imprudentemente, les presenté el caballo Filote a unos visitantes:

“Este caballo  sabe escribir y leer”- les aseguré,

y entonces le pasé un lapicero en la boca al Filote y que lo empieza a masticar y a querer tragarlo y como que se ahogaba y entonces el corredero, y ya por fin unas señoras le sacaron los pedazos de lapicero de la garganta al Filote y todos me miraron como diciendo

“pos este Filo, qué ocurrencias de darle un lapicero al caballo”

Yo me hice pato. Lo cual, por cierto, me sale muy bien.

Ya luego que se  retiró la visita, entones que le reclamó a Filote y él me explicó que no delante de cualquiera mostraba su conocimiento.

Así que si ustedes, niños y niñas que oyen esta historia, encuentran un caballo que sabe leer y escribir, no lo vayan a andar publicando ni se pongan a demostrarlo a otros, porque el caballo se puede tragar el lapicero y todos van a empezar a decir que están locos, que están enfermos y les van  a dar jarabes, pastillas y, ¡lo peor!, hasta inyecciones, o ya en caso extremo, hasta les escriban un anónimo.

Bueno, el caso es que el Filote es un caballo que sabe leer y escribir.

Y no sólo eso, también envía y recibe cartas. No es por presumirles, pero el Filote se cartea con el caballo de mi general Emiliano Zapata.

Sí, me refiero a Emiliano Zapata, General en Jefe del Ejército Libertador del Sur, y también del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional. Ahora  les cuento como lo supe:

En veces, cuando salgo a caminar las calles de este pueblo, me encuentro con el Filote. Él se cuadra y saluda. Por lo regular yo respondo el saludo y sigo mi camino, después de detenerme a preguntarle cómo está  o si hay alguna novedad.

En una de esas, encontré unos papeles a lado de la pata izquierda del Filote. Le pregunté que de qué se trataba y Filote tomó (o sea mordió) el lapicero y escribió en una hoja limpia:

“Cartas”.

“¿Cartas?”  le pregunté.

Filote volvió a escribir: “Sí. De un amigo, de un caballo que es mi amigo”.

No le pregunté a Filote cómo es que recibía cartas de otro caballo, bastantes cosas raras pasan en este municipio como para que yo me detenga a saber el por qué de cada una de ellas, así que me limité a preguntar de quién se trataba.

Filote respondió, siempre escribiendo: “El caballo de  Zapata”.

Yo puse la misma cara que ustedes deben  estar poniendo cuando escuchan esto.

Filote movió la cabeza asintiendo y empezó a escribirme una explicación que no entendí del todo.

Sin embargo, pude sacar en claro que el caballo de Zapata se cambió de nombre, o sea que no se llama como de por sí se llama, sino que se puso un nombre clandestino, porque si se sabe que él es el caballo de Zapata, pues no se la va a acabar.

Tampoco entendí de dónde mero  escribía el caballo de Zapata, pero tampoco me importó mucho el averiguarlo porque entendí de inmediato que la discreción era importante.

Filote, creo, apreció mi gesto y, en correspondencia, me enseñó algunas de las cartas que le mandó el caballo de Zapata.

Lo que leí fue mucho y maravilloso.  Pero aquí, para no aburrirlos, nomas les voy a  contar algunas de las cosas que cuenta el caballo de Emiliano Zapata…

(…)

Ya estamos de regreso, en Radio Caracol.

Y estábamos a punto de contarles lo que le cuenta, en su carta, el caballo de Emiliano Zapata al Filote, el caballo en el que se pasean Zitlalmina y Tlakaélel, una niña y un niño de este Pueblo. Sale y vale, pues agárrense, ahí les va la carta:

Mi  General todavía no era mi General cuando ya andaba de arriba abajo con los caballos. Mucho le gustaban los caballos a mi General, aunque todavía no era mi general.

Y bien que sabía de caballos, sabía cómo hablarnos  y sabía entendernos. Era buen entendederas  mi General.

A mí me conoció cuando andábamos  por los toros. Porque a mi General mucho le gustaba torear.

Y esa  vez lo pasó a llevar un torete de buen tamaño que le perjudicó una pierna. Pero mi General nomás se sobó un poco y se fue a comer con sus gentes.

Yo ahí lo vi que mi General, además de buenas entendederas, tenía esas valentías que no se presumen y que, por lo mismo, más brillan.

Ya al poco tiempo de esto del toro que cuento, fue que nos alzamos en armas en contra del mal gobierno. Nos alzamos porque ya era mucha la injusticia que padecían los nuestros y mucha la miseria de los indígenas.

No teníamos nada cuando nos levantamos contra los gobiernos y mi General Zapata decía que cuando se había lanzado a la revolución dejó en su casa, colgados de un clavo, unos pantalones viejos con los que se había quedado el poco miedo que en su vida tuvo.

Nuestro ejército, el Libertador del Sur, era un ejército muy grande. Y no me refiero a que fuéramos muchos, que lo éramos, sino a que tenía gente de todo tipo y de muy variados pensamientos.

Lo que todos teníamos en común hombres, mujeres y caballos, era el coraje por ver tanta injusticia y tanta pobreza entre la gente del pueblo, y tanta soberbia y tanta riqueza en las casas de unos cuantos.

En la presidencia de México había un tirano que se llamaba Porfirio Díaz.

Largo había tardado el señorito ése, haciendo leyes y mandando  a las tropas, siempre para perjudicar a la gente pobre, siempre para beneficiar a los ricachones.

Igual que ahora, aunque en lugar de una persona, actualmente, es un sistema de partidos, en el que ellos negocian  impunemente el país, y el municipio, como si les perteneciera. El PRI, el PAN, el PRD, y todos los demás partidos se encargan de que todo vaya bien para los poderosos, aunque eso quiera decir que todo va peor para los humildes.

Pero hace 100 años, Porfirio Díaz no pudo sostenerse en el poder y tuvo que irse. Entonces entró el señor Madero, pero las cosas no cambiaron y mi General Zapata dijo que teníamos que seguir hasta que se cumpliera lo que queríamos, ¡Tierra y Libertad!

El incumplimiento del señor Madero provocó muchos desaires en nuestra tropa. Me acuerdo que allá por agosto de 1911, llegó el señor Madero a  vernos a Morelos. Quería calmarnos y que ya nos dejáramos de estar luchando.

Fuimos a recibirlo a la estación. Entonces se subió arriba de un carro del tren y empezó a decir:

Compañeros del estado de Morelos, estoy agradecido que me haigan ayudado a derrocar al gobierno de don Porfirio Díaz, pero sí, al mismo tiempo sé decirles que las tierras son de los hacendados…”

Eso dijo Madero  y entonces todos los zapatistas, hombres, mujeres y caballos le gritamos ¡Muera Madero!

Y el señor Madero seguía como quiera de terco, tratando de convencer a mi General de que se rindiera. Y como no lo convencía pues trató de comprarlo. Mal hizo el señor madero porque los zapatistas ni nos rendimos ni nos vendemos.

Por eso, aunque ya habíamos echado al señorito Díaz de la silla presidencial, nos volvimos a enmontar y jalamos pa´la sierra.

Así nos fuimos para Ayoxuxtla. Bien clarito que me acuerdo de la fecha. Era el 25 de noviembre y corría el año de 1911. Mi general nomás estaba dando y dando vueltas y le decía a otro que escribía: “Le falta, compadre, le falta”.

Y ya luego parece que no le faltaba nada porque nos llamó a todos y nos dijo:

“Ya está, aquí está lo que somos y lo que queremos y se llama Plan de Ayala”.

Y entonces los siete generales zapatistas lo firmaron, y ya luego Zapata nos dijo a todos:

“Señores, el que no tenga miedo que pase a firmar, pero saben  que van a firmar el triunfo o la muerte”.

Yo de por sí iba a pasar a firmar, pero no lo hice porque luego iban a pensar mal de mí, de un caballo que sabe leer y escribir, por eso nomás relinché, para dejar claro que yo también estaba bien puesto para la lucha, y para que nadie se maliciara que yo era un caballo que sabía leer y escribir.

Mi  general, pues, siguió luchando.

Todavía creía el señor Madero que lo iba a contentar con palabritas, que ya le parara, que ya habíamos  ganado, que se estuviera sosiego, pero entonces mi General se enojó y escribió una carta my dura y bonita.

Yo la conocí porque me tocó llevarla a su destino. En un tiempecito que me di, tuve la maña de copiarme algunas palabras. Así decían.

“ Yo como no soy político, no entiendo de esos triunfos a medias; de esos triunfos en los que los derrotados son los que ganan; de esos triunfos en los que, como en mi caso, se me ofrece, se me exige, dizque después de triunfante la revolución, salga no sólo de mi estado, sino también de mi patria…

Yo estoy resuelto a luchar con todo y contra todos sin más baluarte que la confianza, el cariño y el apoyo de mi pueblo, así hágalo saber a todos; y a don Gustavo Madero dígale en contestación a lo que de mí opinó, que a Emiliano Zapata no se le compra con oro.

A los compañeros que están presos victimas de la ingratitud de Madero, dígales que no tengan cuidado, que todavía hay aquí hombres que tienen vergüenza y que no pierdo la esperanza de ir a ponerlos en libertad”.

Ya después vino la traición de Victoriano Huerta y el señor Madero fue asesinado. Siguieron pasando los años. Seguido combatimos contra Huerta y pronto fue derrocado.

Pero entonces un señor Venustiano Carranza se dio en el empeño de hacerse del Poder sin hacer caso de las demandas del pueblo, de los campesinos que habían hecho suyo el Plan de Ayala.

En el norte el General Francisco Villa había terminado por quebrar al ejercito huertista en la batalla de Zacatecas.

Por otro lado, Carranza y sus generales ya se veían gobernando sin  nadie que les estorbara. Pero los revolucionarios que estaban con el pueblo se dieron en reunirse para ver que un buen gobierno entrara y ya enrumbara nuestra patria por un buen camino.

En Aguascalientes se reunieron los principales jefes revolucionarios y a su reunión le pusieron por nombre “La Convención”.

En principios de la Convención de Aguascalientes, los zapatistas no estábamos, pero ya luego acordaron  los ahí reunidos  de mandar una comisión para invitarnos.

Mi General mandó a Paulino Martínez, un hombre derecho, de palabra y corazones buenos. Yo no fui, pero me platicaron otros caballos que si fueron que don paulino habló bien la palabra zapatista y, pronto, la Convención hizo suyo nuestro Plan de Ayala.

Los convencionistas se dirigieron al señor Carranza, jefe de las fuerzas que se llamaron “constitucionalistas”, para que ya se dejara de ambiciones y entregara el Poder que había agarrado a la brava.

Según decía nuestro Plan de Ayala, el nuevo presidente de México tenía que salir de acuerdo a los jefes revolucionarios y organizar una elección para que el pueblo escogiera a su gobierno.

Carranza hizo como que estaba de acuerdo, pero su maña era que quería  que salieran de la lucha y del país los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata.

Carranza sabía que sin ellos, nada le impediría hacerse del Poder.

Por la ambición de Carranza no hubo acuerdo, y entonces siguió la guerra, ahora entre convencionistas y constitucionalistas.

Así se nombraban, pero la verdad era que la guerra era entre quienes querían que las cosas cambiaran para el  bien del pueblo, o sea Villa y Zapata, y los que querían que todo siguiera igual, o sea Carranza y Obregón.

Nuestras tropas avanzaron a la capital del país. Mi general se encontró con Villa en Xochimilco.

Entramos en la ciudad de México el día 6 de diciembre, con un estandarte de la Virgen de Guadalupe al frente. Es que mi General hablaba la lengua náhuatl, y en ella se dirigía a la gente de los pueblos. Cuando hablaba de cuidar y defender la Tierra, se refería a esta con la palabra “Tonantzin”, “Nuestra Venerada Madre”.

Y es que para mi general Zapata, la Tierra no era una mercancía que se pudiera comprar y vender impunemente; para él  la Tierra es la Madre generosa, que a todos alimenta y a la que al morir, todos regresamos.

Todavía  escucho, en lengua náhuatl a los indígenas decir Tonantzin- Guadalupe…

En fin, que por esos días, mi General Zapata se reunió con el general Pancho Villa en el Palacio Nacional.

Cuentan los que ahí estuvieron que al estar frente a la silla presidencial, vacía, Villa invitó a Zapata a sentarse en ella.

Emiliano Zapata se quedó mirando la silla y expresó:

“Nosotros no estamos luchando por una silla, nosotros luchamos porque cada campesino tenga un pedazo de tierra al que pueda arrancarle el sustento para su familia.

Es más, creo que el problema de todo esto es esa silla, creo que deberíamos de quemarla”

Cuando los caballos que ahí nos encontrábamos nos enteramos de las palabras de mi General Zapata, nuestros corazones mucho se  alegraron, porque nosotros no andábamos en la lucha porque quisiéramos ser gobierno o por dinero o por tener cosas.

No, nosotros  estábamos peleando por tierra y libertad. Por eso fue que ya luego nos salimos de la ciudad  de México, de regreso a nuestros pueblos, a seguir preparándonos para la lucha.

De regreso en Morelos, los años siguientes no fueron fáciles. Carranza tuvo el apoyo de los reaccionarios y pudo armar bien a sus ejércitos.

Obregón derrotó a Pancho Villa en la batalla de Celaya y el Ejército Constitucionalista se hizo el más poderoso.

Para tratar de jalar más gente de su lado, Carranza sacó la ley del 6 de enero de 1915, que reconocía algunas de las demandas agrarias de nuestro pueblo, pero no porque pensara cumplir, más bien porque quería engañar a los indígenas y campesinos.

Carranza también armó a grupos de obreros para combatir a la revolución.

Total, que las cosas se fueron poniendo cada vez más difíciles para nosotros y nuestra lucha.

En 1917, Carranza organiza una nueva Constitución, o sea las leyes más grandes de un país. Ahí, debido a la fuerte lucha de los zapatistas, ya se reconocen algunos derechos de los pueblos campesinos.

Pero Carranza no puede olvidar que mi General Zapata es un revolucionario de a de veras, que no va a dejar de pelear hasta que se cumpla el Plan de Ayala. Por eso es que hace un su plan para asesinar a mi General Emiliano.

Como no pudieron comprarlo con oro, ni meterle miedo con la guerra, ni derrotarlo con tantos ejércitos, entonces hace su plan de traición.

El general carrancista Pablo González ordena a un subordinado, el coronel Jesús María Guajardo, que haga como que deserta de las filas gubernamentales y se pase al lado de los zapatistas.

Mi general no my se lo cree y le pone varias pruebas a Guajardo, hasta que se convenció un poco.

Entonces pasó lo de Chinameca, corría el año de 1919 y era el mes de abril.

En la hacienda de Chinameca, Morelos, no pasó lo que dicen que pasó.

Bueno, sí pasó así, pero no mero así.

O sea que sí es cierto que el tal Guajardo se chaqueteó y le tendió una traición a mi General, pero no es cierto que ahí murió, ese 10 de abril de 1919.

No, mi general  quedó mal herido, es cierto, pero yo me di la maña para sacarlo y pelarnos luego,  aprovechando la confusión y la polvareda que se levantaba con tanto tiro que echaban los soldados carrancistas.

La cosa estuvo así.

El 9 de abril, Zapata asciende al grado de General a Guajardo y éste, como agradeciendo, le regala un caballo alazán y lo invita a comer a la hacienda de Chinameca.

Mientras se va para la  comida, llegan rumores de que un carrancista llamado Ríos Certuche andaba merodeando por la hacienda.

Mi general manda a hacer un reconocimiento y no se encuentra nada. Pero entonces me malicié que algo no andaba bien y me anduve rondando por el casco de la hacienda.

Mi General entra montando en el alazán que le regaló Guajardo.

Yo escucho clarito que dan los tres toques de clarín para saludar militarmente. Apenas se apagaba el tercer toque cuando empezó la balacera.

Rápido, sin pensarlo mucho, me arranque pa´la puerta y entré  a todo galope.

Mi General estaba en el suelo y a su lado había caído Agustín Cortés, su asistente.

Yo lo pepené a mi General y lo fui jalando. Los soldados creyeron que el Agustín Cortés era Zapata y le siguieron disparando, y en la confusión yo me salí jalando con los dientes a mi General.

No jalé pa´l campamento, porque pensé que seguro allí llegarían los carrancistas. Entonces lo que hice fue llevarlo a casa de unos indígenas y ahí lo dejé para que lo cuidaran. Yo me seguí, porque si andaba por ahí, seguro me reconocían e iban a encontrar a mi General.

Yo supe luego que mi General Zapata se había puesto bueno y había jalado para las Montañas del Sureste Mexicano, pero esa es otra historia….

Así que anduve de un lado a otro y aquí estoy ahora, esperando a que me mande llamar mi General y volvamos a cabalgar juntos.

Mientras tanto, siempre he estado al lado de los más jodidos, de los que nadie escucha, de los que nadie les hace caso.

Por eso sé que nuestra lucha no ha terminado, que todavía falta luchar mucho para conseguir aquello que dijimos en las montañas de Morelos y que fue, y es, nuestra bandera:

¡Tierra y Libertad!

Bueno, Filote, ya me despido. Vale.

Atentamente

El  Caballo de Emiliano Zapata.

(…)

Bueno, queridos radioescuchas, esto que leí, es la carta del Caballo de Emiliano Zapata.

Cuando le pregunté al caballo  Filote si sabía algo más, tomó el lapicero entre sus dientes, y escribió:

“Ahí anda el caballo de Zapata. Dice él que no anda buscando jinete que lo monte pues.

No, dice que busca quien entienda”.

Me despedí del Filote y me regresé  al aula de la Escuela Autónoma Emiliano Zapata, donde no sólo estamos interpretando  el mundo de otra manera, sino que también estamos tratando de mostrar que de lo qué se trata es de transformarlo….

¡Ah!  ¿Que  cuál es la moraleja de esta historia de niños, niñas y caballos?

Pues que otro Huitziltepec no sólo es posible sino necesario.

Desde el zócalo de la cabecera municipal de Huitziltepec

Por la Escuela Autónoma Emiliano Zapata

Maestro Filo

México, abril 10 del 2010

En el aniversario de mi General Emiliano Zapata.