Buenos días, empiezo con un pequeño poema de la cultura náhuatl:

Su vestido, como el sol resplandecía,

así brillaba.

Y las piedras y rocas donde estaba,

flechaban su resplandor,

como jades preciosos, cual joyas relucían.

Como con resplandores de arcoíris

reverberaba la Tierra.

Y los mezquites y nopales,

y las demás variadas yerbitas que allí se dan,

parecían como plumajes de quetzal,

como turquesas aparecía su follaje,

y su tronco, sus espinas y ajuates

como el oro resplandecían.

 

Hasta mi pueblo, Huitziltepec, en la mixteca poblana, ha llegado el desastre naturalmente provocado, o sea la “modernización” y el “progreso”. Sólo menciono algunos ejemplos.

• Hace unos 30 años había un jagüey de buen tamaño, en el centro del pueblo, algo así como un pequeño lago, se secó; hoy es un campo deportivo.

• Siendo un niño conocí el río Atoyac, lo recuerdo como un lugar mágico, de belleza inaudita. Últimamente, pueblos de la región han instalado la salida de su drenaje hacia el río. Hoy ese río, a su paso por la región, apesta, el agua está sucia y llena de espuma.

• El drenaje de santa Clara Huitziltepec tiene su salida a un lado de la carretera federal a Ixcaquixtla; al aire libre, entre terrenos de cultivo, pudriéndose, apestándose.

• La casa de mi abuelo, hoy casi una ruina, se encuentra adornada de cuernos de venado; los que cazó en su juventud. Hoy en el Huitziltepec no hay venados; tal vez, con un poco de serte, todavía quede un par de coyotes.

• Para la población no hay mucha agua, cuando va llegar, por algunos minutos o un par de horas, lo anuncian por el altavoz; aunque sea en la madrugada, se tiene uno que levantar a apartarla. Pero, paradójicamente hay terrenos de riego; y el agua está sale y sale por gruesos tubos, por horas y horas, para regar un campo de cultivo.

• Muchos campesinos recuerdan con nostalgia los tiempos en que obtenían buenas cosechas, sólo con el agua de la lluvias; ya casi nadie siembra maíz y frijol, tienen que comprarlos. Han llegado programas gubernamentales ofreciéndoles fertilizante gratis, a cambio de dejar de sembrar maíz criollo.

• Los cerros alrededor del pueblo están deforestados, entre los ganados de chivos y borregos, y quienes cortan leña en grandes cantidades, se han quedado casi pelones.

•Enormes cantidades de plástico y unicel, principalmente bolsas, botellas, vasos y platos, se consumen en el pueblo, algunos los queman, otros simplemente los van a tirar a los cerros.

Tlazocamati, gracias por invitarnos a participar en este Tribunal Popular de Justicia Climática. Al decir “nos”, me refiero a mi persona y a esta pintura.

Sobre lo primero no hay nada interesante que decir, sobre esta pintura algo sí Está pintura ha estado en san Salvador Atenco, en un encentro de diversas luchas de diferentes lugares del país, convocada por el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, en diciembre del 2010.

Acompañó toda la Caravana al Sur, en septiembre pasado, y, claro, estuvo presente en el ritual zapoteco en Monte Alban; uno de los actos más simbólicos de la caravana.

Llegó hasta la montaña de Guerrero, hace un mes, pasando la noche entre los muchos policías comunitarios que ahí se encontraban reunidos para celebrar su 16 aniversario.

Acompañó a los wixaricas, hace apenas 2 semanas, en sus movilizaciones en esta ciudad, en su lucha por defender el lugar sagrado de Wirikuta; estuvo con ellos haciendo una oración a la Madre Tierra en la cima del Cerro del Tepeyac, lugar sagrado de los antiguos nahuas, en donde el mes pasado se reunió la maldita Trinidad, es decir, los 3 poderes: Felipe Calderón, el político; Norberto Rivera, el religioso; y Carlos Slim, el económico, se reunieron a hacer negocios, o sea para inaugurar la Plaza mariana. No olviden que el Cerro del Tepeyac, desde muchos siglos antes del inicio de la invasión de la civilización cristiano-occidental, era ya un lugar sagrado en el que lo nahuas de esta región del Anáhuac veneraban a Tonantzin, nuestra Venerada Madre, la Tierra.

En fin, que esta pintura, invitada a este Tribunal, no es producto de un milagro; ésta fue pintadapor un moreno corazón de la mixteca poblana.

No representa a una mujer con poderes sobrenaturales que habita entre las nubes, ésta representa a Tonantzin: Nuestra venerada Madre, la Madre más primera, la Tierra, la madre generosa que nos alimenta y a la que al morir regresaremos.

A diferencia del judeo-cristianismo que concibe a la serpiente como símbolo del mal; los antiguos nahuas, al observar que es el animal que siempre se arrastra, la pensaron como el símbolo de la Tierra. Por eso vistieron a Tonantzin, la Madre Tierra, con una falda de serpientes, que no es otra cosa que la superficie terrestre con cerros y montañas. Cuentan los más viejos de mi pueblo, Huitziltepec, en la mixteca poblana, que cada cerro tiene su corazón, y que éste es una serpiente de buen tamaño.

En el Museo Nacional de Antropología e Historia se encuentran 2 conocidas esculturas que simbolizan y representan a la Madre Tierra:

La enorme Coatlicue, la famosa escultura azteca, y la mucho más pequeña, encontrada en la región de Tehuacán, en el sureste de Puebla. Ambas representan a la Tierra, y portan dignamente su falda de serpientes.

Esta pintura no es antigua, es de hoy; no representa a una mujer judía, sino a esta tierra mexicana, por eso lleva su falda de serpientes. Y la acompañan además los símbolos de la concepción espacio-tiempo de la cultura náhuatl.

En resumen, esta pintura es en realidad una advocación de Tonantzin Coatlicue; es un vínculo con nuestra historia, la de los pueblos originarios de Mesoamérica, los que NADA tenemos que ver con los judíos ni con sus libros sagrados.

Hace un par de años, andando el camino de la resistencia, nos encontramos con un macehual, un humilde campesino, ya de edad, de habla náhuatl, quien al contemplar está pintura, hizo una interesante pregunta: “¿Acaso sabes tú por qué los más antiguos, los más primeros, colocaron víboras de cascabel en la falda de la Coatlicue?”.

La verdad es que yo no lo sabía. Había leído algunos libros que hablaban sobre la cultura náhuatl… pero ninguno abordaba tal punto.

Amo nikmati”, fue mi más honesta respuesta.

¿En tu pueblo hay cascabeles?”, pregunto interesado el ancianito.

Claro, y más en los cerros”, contesté, emocionado por al menos saber algo.

El viejito se soltó a hablar diciendo:

“Bueno, pues entonces te habrás dado cuenta de que cuando uno molesta a propósito o por accidente a una cascabel, ésta se enrosca, tensa sus músculos, preparándose para el ataque. Levanta desafiante su cola y suena su cascabel. El sonido del cascabel es una señal de advertencia. Es para decir, para decirnos, que mejor le paremos a nuestro desmadre, o sea que dejemos de fregarla; porque de continuar haciéndolo, entonces ella se lanzará decididamente con todo, con los colmillos preparados para morder y transmitir su poderoso y mortal veneno.

“La Cascabel no es mala”, recalcó el sabio campesino, “ellas no saben del bien y el mal, ellas saben de sobrevivir o morir, o sea de permanecer o perecer.

“Así meritita es la Tierra; la Tonantzin, la Madre más primera, nos da “señales”, sonando su cascabel nos avisa, que ya le paremos, que ya estuvo bueno; porque si no, se va a defender con toda su poderosa y terrible fuerza”. El viejo indígena nahua, casi sin dientes y con su rostro surcado por los años, se quedó callado un momento, pensativo, reflexionando; finalmente sentenció “Si no es que ya empezó” .

Hace 5 siglos llegaron hasta estas tierras los hombres de Castilla. No se dio un romántico encuentro entre 2 mundos, que es lo que enseñan las escuelas oficiales. No, lo que en realidad se dio fue un brutal choque de civilizaciones y el inicio de la guerra más larga en la historia de la humanidad; una guerra que dura ya 5 siglos y que tiene como objetivo la conquista de territorios y pueblos indígenas.

A la destrucción la nombraron “modernidad”; al robo y al despojo “civilización”; a las mentiras y engaños “religión verdadera”; a la imposición “Democracia” y a la desmemoria “moda”. Una vez invadidas y conquistadas estas tierras, los invasores cristianos no pensaban en construir una nación, sino en explotar minas, e indígenas. Y sobre el tesoro “encontrado” se arrojó la jauría vestida de sotana y armadura.

La explotación, el despojo, el desprecio y la represión son los mismos que antes; pero ahora con las ropas nuevas de la “modernidad y progreso”. La represión con que el ejército, la policía y los paramilitares enfrentan hoy los reclamos de justicia de nuestra gente ; es igual que la que las tropas de los conquistadores emplearon para aniquilar pueblos indígenas enteros.

La brutal explotación de los trabajadores del campo y la ciudad es la misma que la de las grandes haciendas y encomiendas de la Colonia. La guerra actual que azota al país no empezó en 2006 con la imposición de Felipe Calderón, ésta fue iniciada por las potencias europeas y es continuada hoy por los Estados Unidos. Si antes la metrópoli imperial era Madrid; hoy es desde Washington donde se toman las decisiones que afectan nuestras vidas y nuestro destino.

En los hechos, Washington ha conseguido en México, gracias al papel de Calderón y del PAN con la llamada “guerra contra el narco”, que en realidad es contra el pueblo de México, lo mismo que con guerras mucho más costosas ha ido alcanzando en Afganistán, Irak o Libia: reducir estados soberanos a la calidad de simples territorios de ocupación o “protectorados” para lograr el saqueo de sus recursos fundamentales, empezando por el gas, el petróleo, el agua y la minería.

Esta guerra es necesaria para llevar a cabo una nueva ola de privatización de las funciones de la naturaleza para convertirlas en mercancías en los mercados financieros, a manos de las mismas corporaciones, gobiernos y especuladores que han causado la actual crisis estructural.

Esta guerra está matando la Tierra, la naturaleza, el mundo.

Nunca antes la destrucción había sido tanta ni tan irremediable.

El frágil equilibrio de la naturaleza, que por millones de años ha permitido a la Tierra mantener la vida, está por romperse de nuevo; pero ahora definitivamente.

Esta guerra es contra la Humanidad y contra la Tierra: Terremotos, sequías, huracanes, inundaciones, se presentan en todo el territorio nacional y en el mundo entero. Y nos quieren hacer creer que son catástrofes naturales, cuando en realidad han sido provocadas por las grandes corporaciones multinacionales y los gobiernos títeres que les sirven en México y los demás países del mundo.

El mundo se encuentra en una fase de transición a otro sistema. El capitalismo moderno  alcanzó el fin de la cuerda. No puede sobrevivir como sistema. Se trata de una crisis estructural que toma un largo tiempo. No es una crisis de un año o de un momento corto, es un despliegue estructural mayor. Su extinción se encuentra en la imposibilidad de continuar su principio básico que es la acumulación del capital y que ha funcionado de alguna forma maravillosamente durante 500 años. Ha sido un sistema extremadamente exitoso, pero que se ha deshecho a sí mismo como sucede con otros sistemas.

¿Qué advendrá de la bifurcación al metacapitalismo en caso de la guerra mundial que reclaman insistentemente los circuitos financieristas de Israel, Inglaterra y Estados Unidos?

La verdad es que el lanzamiento de una sola bomba atómica, en las condiciones actuales, implicaría, no sólo un enorme cambio climático, sino el exterminio y fin de la vida sobre la Tierra.

Estamos ante un cambio de paradigma que obliga a reflexionar sobre el inalienable valor transcendental del ser humano por encima de las peores contingencias adversas (guerras, mercados, especulación desenfrenada, financierismo, economicismo, mercantilismo, consumismo, hipermaterialismo, tecnología sin bioética, depredación ambiental, desinformación oligopólica, etcétera) lo cual ha puesto en evidencia la crisis de la civilización occidental y sus valores espirituales.

Al final del camino al que nos han llevado, aparece un letrero que, escrito en las diferentes lenguas que la humanidad habla y se habla, reza una pregunta:

¿Habrá vida para la Tierra, la Madre más primera?

Se presentan 2 opciones, dos caminos, dos respuestas.

La primera. “No, no habrá vida para la Tierra. Habrá negocio, habrá muerte, habrá ganancias, habrá guerra”. Es la presurosa y arrogante respuesta del capitalismo anglosajón, de las trasnacionales, de Felipe Calderón y la clase política mexicana. Cuyas elites ya están planeando un sistema desigual, polarizante y super explotador . Ese camino no está hecho, pero ya lo están trazando, con sangre; puede llevar al mundo a otras maneras mucho peores que el capitalismo, o directamente al abismo, al caos.

La segunda. La sustitución del capitalismo por un mundo más relativamente democrático e igualitario, que nunca ha existido en la historia del mundo, pero que es posible. Tan solo en México, de norte a sur, y de este a oeste, desde los cuatros rumbos del universo, se empieza a escuchar un rumor, que más bien parece un canto, sale de las entrañas más profundas de esta Tierra: otra respuesta. Parece ser que habla en tlapaneco, o en cuicateco, o en purépecha, o en yaqui, o en maya, o en wixarica, o en náhuatl… o en cualquiera de las lenguas morenas que dan voz a esta, nuestra Tierra. “Si habrá vida para ti, Madre Tierra, te cuidaremos, te defenderemos… hasta morir si es preciso”.

Pero el camino que lleva a la vida, a la paz con justicia y dignidad, a la libertad… no está trazado, muchos menos está hecho. Ese camino empezará a dibujarse en estas Tierras mexicanas, cuando la respuesta sea colectiva, cuando este país recupere la voz que hoy enmudecen, desde arriba, con violencia, fuego y olvido. La voz más primera, la originaria de esta Tierra, la nuestra.

Habrá entonces que caminar un camino que no existe todavía, pero que espera los pies que lo caminen, y las manos de hombres y mujeres dignos que lo construyamos. Una de las pocas oportunidades que tiene México de caminar por senderos menos espinosos es mirar hacia lo mejor de nuestro pasado y nuestra historia reciente. Por ello, el respeto a los acuerdos de San Andrés constituye uno de los referentes más importantes para reconstruir una gran parte del tejido social, desgarrado hoy por la pobreza, la inseguridad, la guerra, y la concomitante destrucción de la naturaleza.

Somos culpables. Hemos agredido a la Madre más primera, a la Tierra.

Nuestras acciones, como humanidad, han provocado la reacción de las víboras de cascabel que Tonantzin Coatlicue lleva en su falda. Se escucha ya la trágica música de los cascabeles, en señal de advertencia.

Ella, la Madre Tierra, Tonantzin Coatlicue, la de la falda de serpientes de cascabel, no nos necesita a nosotros, los ambiciosos y egoístas seres humanos. Puede prescindir de nosotros sin ningún problema, como quien se sacude una basurita que le estorba. Nosotros, nosotras, sus hijos e hijas, dependemos completamente de ella.

Llegó la hora de optar. Podemos optar por tratar de enmendar el error y el daño; y consagrarnos a amar y venerar, cuidar y defender, a Tonantzin, la Tierra, con la sincera esperanza de que todavía estemos a tiempo; o, por otro lado, podemos simplemente sentarnos a esperar su furiosa y terrible respuesta, la cual, es posible ya haya empezado… por eso el cambio climático.

Tlazocamati, gracias, y termino con otro antiguo poema nahua:

Voy ante nuestra Madre y le digo:

¡Oh, tú por quien todos viven!

No te muestres severa,

no seas inexorable en la tierra;

vivamos nosotros a tu lado

allá en tu mansión de Tamoanchan.

Flores amarillas han abierto sus corolas:

es nuestra madre, la del rostro con máscara.

¡Tu punto de partida es Tamoanchan!

Flores blancas son tus flores…

¡Es nuestra madre, la Señora Tierra!