El pasado 4 de octubre del 2015, en el aula de la EAEZ, se llevó a cabo la rueda de prensa “Acciones por Ayotzinapa”, convocada por  integrantes del Congreso Nacional Indígena de Huitziltepec, Acatzingo y Cuanalá. Hablaron de su participación en las acciones por Ayotzinapa a un año de ocurrida la tragedia.

Al finalizar el maestro Filo contó una historia:

 

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Una manda, una promesa, una pequeña acción por Ayotzinapa.

 

Después de 5 días de estar fuera del pueblo (por el ayuno y la marcha por Ayotzinapa, y la reunión del Congreso Nacional Indígena) regresamos a este Caracol que canta al Universo el lunes 28 de septiembre por la mañana, justo a tiempo para reanudar clases.

 

Después de preparar y tomar un café Tatahuelo que los Tucitos, compas de la Sexta, estudiantes de la UAM  Iztapalapa, generosos, nos obsequiaron, empezamos las labores del día en el Caracol.

 

A la una, al salir las alumnas de clases, empezaron a llegar varias mujeres al Centro de Atención Integral a la Mujer Zihuapilè. Pasa que a las 1:30 iban a replicar el taller de Géneros periodísticos, impartido una semana antes por la compañera Eva, para las que no habían podido asistir.

 

Entre ellas llegó Aleida, mi comadre. Era la primera vez que ella asistía.

 

Mientras el taller de periodismo se efectuaba, los 2 niños de Aleida, el Emiliano Ehecatl y el Julián Tonatiuh, ambos mis ahijados, andaban jugando por el caracol: estuvieron viendo libros en el aula de la EAEZ, subieron a la Pirámide guadalupana, siguieron el camino del Zega y salían y entraban del Caim Zihuapilè.

 

A esas horas yo me encontraba en la cocina, escribiendo el reporte de las actividades que, como Escuela, realizamos los 5 días previos; para luego, más tarde, subirlo a nuestra página de Internet.

 

Esa tarde, entre párrafo y párrafo, atendía yo a las visitas que llegaban a saludar, platicar o arreglar algún asunto: 2 señores, algunas mujeres, un par de ahijados. Todos y todas notaban mi cubierto rostro. En cierto momento, uno de ellos, el Julián Tonatiuh, llegó a la cocina para saludar y platicar.

 

Antes de continuar, debo contarles algo acerca de mis ahijados: ambos no están bautizados.

 

Escucharon bien. Ninguno de los 2 fue entregado al seno de la Iglesia católica romana, ni de ninguna otra secta del cristianismo.

 

En su lugar, hace ya algunos años, aquí donde la Pirámide guadalupana, en un ritual, les fue sembrado su nombre por la tradición náhuatl. O sea que, en lugar de entregarlos a la Iglesia, fueron entregados a Tonantzin Guadalupe, Nuestra Venerada madre, la Tierra: la Madre generosa que a todos, todas, alimenta y a la que al morir regresaremos.

 

Estos niños fueron presentados a los 4 rumbos del Universo y al centro, al arriba y al abajo. Fue una concurrida celebración, hubo comida, pulque, danza ritual, sahumerio, copal, flores y cantos.

 

Mis 2 ahijados, no fueron los únicos que participaron en aquella Siembra de Nombre. De hecho, se hizo una siembra colectiva de nombres, pues fueron partícipes otros 2 niños y una joven mujer.

 

Todos, ellos y ellas, adquirieron un nombre en lengua náhuatl, y con ello, la promesa y el compromiso de cuidar y defender a la Madre Tierra.

 

Pero de regreso a la cocina, la que, por cierto, pronto, pasará a ser el local de la cooperativa Panadería Huitzitzilin, el Tonatiuh, en algún momento de la plática, me preguntó acerca de mi rostro cubierto con un paliacate. Al respecto, hizo varias preguntas y comentarios.

 

Le expliqué que una manda es una promesa con carácter religioso, que se hace a cambio de conseguir “algo”. Una especie de trueque.

 

Le conté que varios de los que van caminando en peregrinación desde aquí nuestro pueblo hasta la ciudad de México para encontrarse con la Guadalupana, lo hacen.

 

Le dije que en mis varios años de experiencia como “caminante guadalupano”, le he preguntado a otros y otras caminantes:

 

  • Y tú    ¿Por qué caminas?

 

Y que hay quien camina como una manda para pedirle a la Guadalupanìsima que le cure a un familiar (de cáncer o diabetes, por ejemplo), que le otorgue un bien materia (una casa una camioneta, por ejemplo) o que le cumpla un deseo (encontrar el amor o cruzar la frontera de Estados Unidos, por ejemplo).

 

El niño Juliancito lo entendió perfectamente eso de caminar, pues su papá, mi compadre Miguel, es uno de los que, varias veces, ha caminado dicha peregrinación.

 

De hecho, en la peregrinación de febrero de este año, mi ahijado y un mi sobrino, ambos niños menores de 10 años, caminaron un tramo del recorrido. Yo ya van 3 años que no camino, pues soy parte de la organización a cargo de la peregrinación.

 

En fin, que, una vez aclarado el asunto de la manda, el niño Sol me hizo una sincera e inocente pregunta:

 

  • ¿Y tú, padrino, qué le pediste a la Guadalupana?

 

 

Sin titubear, le respondí que en los años que llevo caminando al sagrado cerro del Tepeyac nunca le había pedido nada a la Tonantzin, que yo había caminado nomás por convicción y principios; pero que en esta ocasión, al entregarle “mi rostro y mi corazón” a la Lupita, sí me había atrevido a pedirle “algo”, pero que no se lo podía decir porque era un secreto.

 

Pensando que ya había concluido el asunto, procedí a empezar a escribir un nuevo párrafo de mi reporte. Pero al oír la siguiente pregunta del niño Tonatiuh, que quedé sin saber qué responder:

 

  • ¿Oiga, y a poco entre padrinos y ahijados hay secretos?

 

 

Dejé el lapicero a un lado. Me acomode en la silla y me cruce de brazos. Me quedé callado unos momentos, durante los cuales, muchos recuerdos pasaron por mi mente: símbolos, signos y significados que había observado durante el ayuno y la marcha por Ayotzinapa.

 

Me vi, nos vi a los 5 que asistimos: Huitziltepec, Acatzingo y Cuanalà, tres pueblos nahuas. Mirando sus rostros detenidamente, fijamente, en sus miradas encontré un espejo, un reflejo que llegó, sin más, como silenciosa e inquietante pregunta para mì mismo:

 

  • ¿A poco entre compañeros y compañeras hay secretos?

 

 

La carita del niño Julián Tonatiuh, a veces mi alumno, siempre mi ahijado, estaba a la expectativa. No dejaba de mirarme, esperando, quietecito, la respuesta a su pregunta.

 

Respiré profundo, solté el aire lentamente; entonces, ya recuperado, sonriendo, le aseguré:

 

  • Está bueno, te voy a contar mi secreto.

 

 

Él sonrió, satisfecho y emocionado. Se aproximó lentamente, bajando la cabeza, adivinando que le iba yo a hablar en voz baja. Le confié:

 

-Mira ahija´o,   lo que le pedí a la Guadalupanita es: ¡Justicia para Ayotzinapa!

 

Es todo. Gracias.