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Por estos días se han dejado  oír y ver en los medios de comunicación y redes sociales diversos comentarios sobre la descabellada propuesta de lanzar como candidata independiente a la presidencia del país a una mujer indígena. Reconocidos funcionarios, políticos, religiosos, intelectuales han vertido opiniones a favor y en contra.

 

Algunas personas me han preguntado a mí, el maestro Filo,  mi opinión al respecto. No pensé que a alguien pudiera interesarle la opinión de un pobre maestro de pueblo, quien además de ser indígena es homosexual.

 

De mi parte, más que una opinión, a quien pueda interesarle, le puedo contar que  yo llevo 15 años aprendiendo y participando en el Congreso Nacional Indígena, el cual conocí en 2001, durante la Marcha del Color de la Tierra.

 

Participé como delegado en la pasada celebración del 20 aniversario, en Oventik, y en el quinto CNI, en San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas.

 

Del estado de Puebla asistimos varios delegados. Pero 3 de nosotros (don Acatl de Acatzingo, el Fer de Cuanalá y yo de Huitziltepec) desde que nos encontramos en el autobús de ida,  empezamos a jalar juntos.

 

Después de unas 12 horas de viaje llegamos al Centro Indígena de Capacitación Integral (Cideci). Luego de registrarnos como delegados, nos dirigimos al encargado de dar los permisos para poner puestos.

 

Una vez registrados como “puesteros”, otro señor, el encargado de dar los lugares nos llevó al que se nos había asignado.

 

Lo que pasa es que  en uno de los lados del auditorio del Cideci hay mesas destinadas precisamente para los puestos. Pero nuestro lugar era el último del pasillo, donde casi no se acerca la gente. Muy amable y esperanzador, el encargado nos recomendó que hiciéramos “algo” para llamar la atención de la gente. Él sugirió que impartiéramos un taller.

 

Los 3 en cuestión (don Acatl, el Fer y yo) nos quedamos pensando qué hacer.

 

 

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Yo llevaba para vender tapetes de palma, que son la artesanía de aquí del pueblo; además, para la ocasión, pinté sobre pedazos de manta el símbolo  del CNI a colores: las 2 víboras de cascabel que se encuentran de frente, de perfil, y que representan a la Madre Tierra; también  llevaba posters, estampas, separadores, pegotes, libros, folletos y paliacates, todo guadalupano.

 

Me acordé que entre los posters  llevaba uno de una desafiante pintura que hice hace unos 5 años: una Guadalupana con su falda de víboras de Cascabel y demás símbolos sagrados de la cultura náhuatl, una advocación de Tonantzin, Nuestra Venerada Madre, la Tierra.

 

Al pensarla, supe lo que teníamos que hacer: un altar/ofrenda  a Tonantzin,  la Madre Tierra. Se los propuse a don Acatl y al Fer y ambos estuvieron de acuerdo. Así que empezamos a organizarnos para llevarlo a cabo.

 

Al día siguiente, muy de mañana, apenas amaneciendo,  nos  despertamos a darle.  El Fer se lanzó al mercado de San Cristóbal a comprar frutas, flores y veladoras. Don Acatl y yo nos quedamos a preparar el resto: sahumerio, floreros, piedras, telas.

 

Una vez reunidos los 3,  y los objetos que íbamos a utilizar, empezamos a armar lo que sería el altar/ofrenda.

 

Sobre una tela de paliacates rojos pegamos y cosimos el poster de la Guadalupana con su falda de serpientes, debajo le pusimos un cartel con la leyenda: “Tonantzin Coatlicue Guadalupe. Nuestra Venerada Madre, la Tierra”. Esta tela quedó como fondo, colgada de un lazo, cubriendo la pared.

 

Sobre el piso tendimos un nailon y encima de éste , como mantel, otra tela de paliacates pero esta de color amarillo. En el mero centro extendimos un solo paliacate de color naranja.

 

Próximo a la pared, paramos sobre el piso la copia  facsimilar que llevábamos del Teoamoxtli, el antiguo libro sagrado que se conoce  comúnmente como el Códice Borgia. Acuérdense que el original está en el Vaticano y que fue pintado en la Mixteca poblana hace más de 500 años.

 

Sobre el paliacate naranja, don Acatl formó cuidadosa y meticulosamente  un Nahui Ollin, una flor de 4 pétalos, con las pequeñas piedras que antes había juntado.

 

El Fer arregló y colocó los 4 floreros (improvisados de vasos y botellas de plástico que encontramos en los botes de basura)  en cada una de las 4 esquinas.

 

Al frente del altar pusimos 2 montones de frutas; frente a la flor de 4 pétalos quedó  una de mis artesanías del símbolo del CNI;  y prendimos las veladoras.

 

Y así fue como quedó listo nuestro pequeño altar/ofrenda. Sencillo y humilde, como de por si somos nosotros. Pero eso sí, lleno de símbolos y metáforas, de flores y cantos.

 

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Nuestro puesto fue un rotundo fracaso, apenas y  vendimos un par de cosas. Pero si como negocio no funcionó, sí sirvió para otra cosa: para el intercambio de ideas, el debate, la discusión, el análisis, la reflexión, el dialogo, la palabra.   Ya en la noche, después de la cena, no faltaba un compa del CNI que llegara a comentar algo acerca de la audaz propuesta que tanto revuelo ha causado;  luego llegaba otro; y luego ya era media noche y estábamos  varios, unas 10 personas.

 

 

Con el altar/ofrenda pasó algo bien diferente. Pasaron cosas que ni siquiera imaginamos cuando lo estábamos poniendo.

 

Mucha gente, mexicanos y extranjeros, lo vieron;  algunos se tomaron la molestia y el tiempo de observarlo y contemplarlo. Desde el señor que,  como sincera reverencia, se quitó el sombrero y se persignó;  o el joven que prendió un cigarro con una de las veladoras y, haciendo un señalamiento ritual a los 4 rumbos del Universo, lo ofrendó; o la chava que llegó a dejar una fruta, algunas flores y  una vara de incienso; o el gringo que de plano  se colocó  en posición de meditación budista y ahí permaneció largo rato, con los ojos cerrados; o los alumnos del Cideci que curiosos se acercaban a preguntar; o hasta quienes sacaban fotos desde diferentes ángulos.

 

Mucho vimos, mucho escuchamos.

 

 

Pero de todo lo que vimos y escuchamos se presentó una escena terrible y maravillosa, a grado tal que don Acatl y yo la miramos de reojo, haciendo como que no veíamos, tratando de respetar la intimidad y la fugacidad de aquel revelador momento.  Porque lo que  miramos  fue, ni más ni menos, que un poderoso símbolo. Imagínenlo:

 

 

Una señora indígena, de unos 50 años, con su vestimenta original, sencilla y humilde, se paró frente al altar/ofrenda.

 

Observó en silencio.

 

Después de un rato se hincó, extendió sus brazos, con las  palmas de las manos extendidas hacia arriba.  Y empezó a hablar  en una de las lenguas originarias de México. Al escucharla uno se estremecía. Sus palabras se volvieron rezo, plegaria, y terminaron en un hermosos canto.

Así estuvo ella durante algunos minutos, intemporales, que lo mismo pudieron haber sido horas, días, semanas, meses, años… 524 años.  Interminables instantes durante los cuales todo pareció adquirir sentido.

 

 

 

Por eso don Acatl y yo esquivábamos la mirada, porque dolía verla, escucharla.

 

Pues sí, compañeros y adversarios, el asunto de una candidata indígena no tiene que ver con ganar o perder la presidencia de la República.

 

Se trata de algo mucho más serio, muchos más grande: la supervivencia de la civilización que parió esta tierra en esta parte del planeta, es decir, la nuestra.

 

De esa magnitud es el asunto.

 

Esta candidatura que proponemos es un símbolo:  representa nuestra decisión de no renunciar a ser los protagonistas de nuestra propia historia.

 

No. No se trata de gobernar México sino de salvarlo.

 

La mañana del 12 de octubre, después de desayunar, nos preparamos para partir en caravana al Caracol de Oventik. Ahí escuchamos al compañero sub comandante insurgente Moisés decir:

 

 

“Escúchenlo bien, entiéndanlo bien:

Ahora es la hora del Congreso Nacional Indígena.

Que a su paso retiemble en su centro la tierra.

Que en su sueño se derrote el cinismo y la apatía.

Que en su palabra se levante la de quien no tiene voz.

Que en su mirada se ilumine la oscuridad.

Que en su oído encuentre casa el dolor de quien se piensa solo.

Que en su corazón encuentre consuelo y esperanza la desesperación.

Que con su desafío se asombre de nuevo el mundo.”

 

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Muchos símbolos, muchas metáforas, muchas flores y cantos nos mostraron los compas zapatistas.

 

 

Regresamos ya anocheciendo al Cideci. Después de la cena presentamos en el auditorio del Cideci un video, una canción a la madre Tierra. Al terminar vino el dialogo, la palabra, con compañeros y compañeras del CNI, más tarde éste continuó frente al puesto.

 

 

 

 

Pues  es lo que yo puedo contarles al respecto.