El universo de la cultura náhuatl  cifrado en un símbolo.

 

El maestro Filo, de la EAEZ, presentó el 23 de Marzo del 2010 ,en las Segundas Jornadas sobre el Universo de la Cultura Náhuatl, en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, una ponencia  titulada: El  Nahui-Ollin plasmado en la Pintura Guadalupana y en el Calendario Azteca: el Universo de la Cultura Náhuatl guardado en un símbolo.

     En esta ponencia el maestro Filo afirma que fuera de las razones y sinrazones entre los detractores y los apologistas  de las apariciones guadalupanas, el hecho irrefutable es que sobre la pintura de la Guadalupana se encuentra plasmada, en el centro de la obra, una flor de cuatro pétalos. A la luz de este hecho surgen varias preguntas que requieren urgentes respuestas por parte de estudiosos e investigadores de la cultura náhuatl:

 

¿Es acaso esta flor de cuatro pétalos un Nahui-Ollin?

¿Quién, pero sobre todo por qué, lo colocó ahí?

¿Fue acaso la pintura guadalupana  realizada por un artista nahua, un yolteotl?

¿Qué  ha significado este símbolo para los pueblos indígenas de México?

¿Es posible encontrar el Universo de la cultura náhuatl en los orígenes del culto guadalupano en México?

 

    Es comúnmente aceptado que la cosmovisión, no sólo de los aztecas sino también de los pueblos nahuas en general, se encuentra plasmada en el Calendario Azteca. La Piedra del Sol, al igual que la pintura guadalupana, tiene un Nahui-Ollin plasmado  en su centro. Al colocar lado a lado ambas obras, la pintura  guadalupana y el Calendario Azteca, se encuentra re-unida la concepción  del Espacio y el Tiempo, es decir, el universo de la cultura náhuatl. Esta sencilla ponencia trata de seguir los hilos que unen y reúnen  ambas obras maestras del arte náhuatl, a través de un símbolo: el Nahui-Ollin.

 

 

 PONENCIA:

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La pintura que se encuentra en la Basílica de Guadalupe y el Calendario Azteca en el Museo Nacional de Antropología e Historia, son 2 obras de arte que representan y simbolizan el universo de la cultura náhuatl.  Ambas obras maestras fueron realizadas por “corazones endiosados”, es decir, por artistas nahuas.

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En el Calendario Azteca  (la Piedra del Sol) se encuentra inscrita una fecha en la parte superior: 13-Ácatl; una fecha muy emblemática, pues fue precisamente en un año 13-Ácatl que nació el Quinto Sol.

 

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En los Anales de Cuautitlán se puede leer:

 

El Quinto Sol:

Nahui-Ollin es su signo,

se llama Sol de Movimiento,

porque se mueve, sigue su camino.

Y como andan diciendo los viejos,

en él habrá terremotos y temblores,

habrá hambre

y así pereceremos.

En el año  13-Akatl

se dice que vino a existir

nació el Sol que ahora existe.

Entonces fue cuando iluminó,

cuando amaneció,

el Sol de Movimiento que ahora existe.

Nahui-Ollin  es su signo.

Es éste el Quinto Sol que se cimentó,

en él habrá temblores y terremotos,

en  él habrá hambrunas.

Este Sol, su nombre es Nahui-Ollin,

éste es  nuestro Sol,

en el que vivimos ahora,

y aquí está su señal,

cómo cayó en el fuego del Sol,

en  el  fogón sagrado,

allá en Teotihuacán.

Igualmente fue este Sol

de nuestro príncipe, en Tollan,

o sea de Quetzalcóatl.

    En la concepción náhuatl del tiempo, éste no es una línea recta sobre la cual se suceden los años interminablemente en una sola dirección, hacia adelante como ocurre en el pensamiento occidental. El tiempo es como una espiral en la que se suceden múltiples ciclos. Para ubicarse en él, los nahuas tomaron un ciclo de 52 años, el cual estaba dividido en 4 grupos de 13 años cada uno.

 

 

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   Cada  52 años empieza y termina uno de estos ciclos. Así, si tomamos el año 13-Ácatl, tendrán que pasar 52 años para que vuelva a caer ese año, esa fecha: 1479 fue un año 13-Akatl, también lo fueron 1531, 1583, 1635…1947, 1999 y lo serán el 2051 y el 2103, por ejemplo.

 

   En el Códice Matritense los informantes de Sahagún cuentan:

Ce Tochtli, se llama el signo anual, la cuenta de años del rumbo del sur.

Trece años porta, encamina, lleva a cuestas siempre, cada uno de los años….

Ácatl se dice al día del rumbo de la luz [el oriente], así como también se dice al signo anual del rumbo de la luz, porque de allá aparece la luz, el resplandor.

Y el tercer grupo de años: Técpatl. Se dice del rumbo de los muertos… [el norte].

Y el cuarto signo anual, Calli, se dice el día del rumbo de las mujeres [el poniente]…

Cuando todos los  13 años terminaban, se acercaban, concluían, cuatro veces daban vueltas, se apartaban, iban entrando cada uno, año en año…

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   No sabemos quién fue el Yolteotl  a cargo de esculpir  el calendario azteca; pero sí conocemos la identidad de quien pintó la guadalupana.

 

    En 1971 la Revista Futuro le hizo una interesante entrevista al pintor Jorge González Camarena, pintor premio nacional, reconocido mundialmente, señalando que la pintura de la Guadalupana no solo no es de origen sobrenatural, sino que fue pintada por un indígena nahua.

 

En esta entrevista cuenta que trabajando para la Dirección de Monumentos Históricos en la reparación de los frescos del convento de Huejotzingo, erigido entre 1524 y 1550, había descubierto la Virgen de la Letanía, pintada  por el indio Marcos, y que la Guadalupana era una copia fiel de ésta, copia a su vez de la Virgen de Extremadura, en España.

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Encontró que las dos Vírgenes tienen como fondo un ovalo con nubes; que el movimiento del cuerpo converge a un mismo punto; igualdad de inclinación de la cabeza; el mismo trazo general y las manos en posición idéntica, en la misma actitud. Confirmando que las dos Vírgenes son idénticas en el trazo, técnica y hasta colorido, concluyó: “puedo afirmar que la Virgen de la Letanía, pintada antes de 1531, es obra de la misma mano que pintó la del Tepeyac… La imagen de la Guadalupana es un temple pintado sobre yute y tratado con el procedimiento conocido como fresco, lo que conduce a pensar que el pintor normalmente usaba ese proceso. Puedo asentar con certeza  que el autor de ambas pinturas fue Marcos Cipactl”.  Camarena encontró que la similitud entre la Virgen de la letanía poseía todos los rasgos del pintor que debió pintar a la Guadalupana: más que la propia firma, son determinantes en el trabajo de un pintor los rasgos en su obra; pues “dichos rasgos no pueden falsificarse”, afirmó.

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 Por otro lado, Bernal Díaz del Castillo en su “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” afirma, en el capítulo XCI, que en la escuela de pintura de Fray Pedro de Gante había tres pintores indios que hacían  reproducciones de imágenes y de relicarios tan perfectas que nadie de las escuelas italiana  o española podría notarlo: Marcos de Aquino, Juan de la Cruz y “El crespillo”.   Marcos Cipactli era el más destacado de aquella escuela. Era un pintor con el talento para copiar imágenes. Realizó trabajos en Tecpan, Huejotzingo, en el convento de San Francisco, y otras obras religiosas, entre las que se encuentra la pintura de la  Guadalupana.

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El 8 se septiembre de 1556, en las vísperas de la conmemoración a la Virgen María de Guadalupe, ante la Real audiencia y el virrey, fray Francisco de Bustamante, provincial de la orden franciscana, enrojecido de cólera pronunció un vehemente sermón contra el arzobispo de México, pues: “la devoción de esta ciudad ha tomado en una ermita e casa de Nuestra Señora que han intitulado de Guadalupe, es un gran perjuicio  de los naturales porque les da a entender que hace milagros aquella imagen que pintó el indio Marcos…”

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 Cipactli, vivió  la guerra de los cristianos a la religión de sus padres y abuelos. Conocía, sin lugar a la duda, el universo de la cultura náhuatl, al cual pertenecía. Fue secuestrado por los franciscanos, y con ellos aprendió, no sólo las técnicas propias del arte occidental de aquella época, sino también la religión católica. Conocía, seguramente, el gran número de las diferentes advocaciones de los “dioses” que los extranjeros llegaron a imponer: Jesucristo, la Virgen María, santos y santas.

 

La virgen de Guadalupe, como su nombre lo indica, es originaria de un lugar llamado Guadalupe. Por eso es que nadie en México dice: “Guadalupe, la virgen”, todos dicen: “la Virgen de Guadalupe” porque es de Guadalupe, un lugar en la región de Extremadura en España; o le llaman “la Guadalupana”, que significa lo mismo: que es de un lugar llamado Guadalupe.

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Juan de Torquemada, en el capitulo X de su Monarquía Indiana de 1612, relata: “Nuestros primeros religiosos, en el Tepeyac, edificaron una iglesia a la madre de Dios en su advocación extremista (de Extremadura): La Virgen  de Cristóbal Colón  y de Hernán Cortés, nuestra señora de Guadalupe”.

 

El propio rey de España, Felipe II, preguntó al virrey cuál era el origen del santuario en que se idolatraba a una Virgen de Guadalupe, en la Nueva España; el virrey respondió, el 25 de septiembre de 1575, que “por los años 1555 0 1556 existía una ermita con una imagen de Nuestra Señora, a la que llamaron Guadalupe por decir que se parecía a la del mismo nombre en España”.

 

El Real Monasterio de Santa María de Guadalupe está situado en la localidad de La Puebla de Guadalupe, en la provincia de Cáceres (Extremadura), en España. Fue declarado por la UNESCO, en 1993, Patrimonio de la Humanidad. Éste es una mezcla de estilos gótico, mudéjar, renacentista, barroco y neoclásico, de los siglos XIII al XVII. Su historia se remonta a

 

 

1389, cuando el rey Juan I otorgó un privilegio por el cual entregó a la orden de los Jerónimos la Iglesia del santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, lugar en el que había sido hallada una imagen de la Virgen María a finales del siglo XIII o principios del XIV por un pastor de nombre Gil Cordero. La escultura en madera, se dice, había estado siglos atrás junto al cuerpo de San Lucas, expuesta en Roma y en Sevilla hasta que en el año 714, en plena invasión musulmana fue escondida junto al río Guadalupe, donde permaneció hasta su hallazgo por Gil Cordero.

     Los musulmanes, durante los más de 7 siglos que permanecieron en la península Ibérica, nombraron muchos lugares en su lengua, el árabe. Después de la expulsión de los musulmanes por los reyes católicos, varios de esos nombres permanecieron, pero fueron castellanizados. Así, Wad-al-luben (en árabe “río” se dice Wad), ya castellanizado pasó a ser Guad-al-lupe, o Guadalupe. Y como la escultura de la Virgen María fue encontrada en los márgenes de ese río, pasó a llamarse Virgen María de Guadalupe.

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En 1464, el rey Enrique IV de Castilla, llevó allí a su hermana la infanta Isabel (Isabel la Católica), con la intención de acordar su boda con Alfonso V de Portugal. La infanta rechazó al pretendiente pero, en cambio, quedó prendada del lugar. A partir de ese momento, ella denominó a ese recinto “mi paraíso” y allí acudió  siempre que necesitaba estar reconfortada por la Virgen de Guadalupe o cuando deseaba darle gracias por algún logro extraordinario.

 

       En 1492, Isabel la Católica acudió al Monasterio de Guadalupe  para dar las gracias por la rendición de Granada, la cual estaba en manos de los musulmanes. Desde este monasterio se dictaron dos cartas dirigidas al alcaide de Palos de Moguer, con la orden de hacer entrega de dos carabelas a Cristóbal Colón.

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     La Virgen de Guadalupe es, en España,  la patrona de Extremadura y en 1928 recibió el titulo de Reina de las Españas o de la Hispanidad. Su santuario fue el más visitado por los peregrinos europeos del Siglo de Oro. Los milagros que más se le atribuyeron fueron la liberación de cristianos cautivos y su protección en las batallas contra los musulmanes. Desde Alfonso XI en la batalla del Salado (1340) hasta Lepanto en 1571, ha sido manifiesta la advocación en su auxilio. En Génova se conserva en una iglesia bajo esta advocación de Guadalupe, la imagen que Andrea Doria portaba en la nave capitana regalada por Felipe II para la ocasión.

 

No es extraño que su devoción se haya difundido por toda Europa. Su fiesta se celebra el 8 de septiembre, y en atención a esta festividad el 8 de septiembre ha sido declarado Día de Extremadura en esa Comunidad Autónoma de España.

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También se le considera patrona de la Evangelización del Nuevo Mundo, porque Cristóbal Colón recibió en el monasterio de Guadalupe, durante la Semana Santa de 1486, el decreto  de los Reyes Católicos que le permitió emprender el viaje del descubrimiento e invasión a este continente. De regreso a España se desató una tormenta en la que estuvo a punto de naufragar, pero se encomendó a la Virgen de Guadalupe. A su vuelta, en 1493, lo primero que hizo fue dirigirse al Monasterio de Guadalupe a agradecer su protección a la Virgen. Durante el trayecto, además, bautizó a una isla del Caribe con el nombre de Guadalupe.

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En 1521 Hernán Cortés, oriundo de Extremadura, entró vencedor a la ciudad de México-Tenochtitlán, derrotada, destruida y vencida, con un estandarte de la Virgen de Guadalupe en mano, el cual se conserva actualmente en el Museo Nacional de Historia. De la región de Extremadura partieron multitud de evangelizadores para las nuevas tierras ocupadas.

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El hecho es que Cipactli, el artista nahua, no hizo una copia de la virgen María de Guadalupe de España: lo que en realidad llevó a cabo fue la creación de un original. En una época en que todas las obras de arte estaban siendo destruidas, en un tiempo en el que los antiguos nahuas, desesperados, escondían sus “ídolos” de los cristianos, con la incertidumbre de que en el momento de ser encontrados serían destruidos, fue que a Cipactli se le ocurrió la ingeniosa idea de colocar el símbolo más importante de su religión, el Nahui-Ollin, en una pintura.  Los invasores cristianos, en plena guerra religiosa, les permitieron a los nahuas colocar esa pintura en  un lugar sagrado: el Cerro del Tepeyac, creyendo que se trataba de una advocación más de su virgen María.

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¿Cómo explicar, de otra manera, la presencia del símbolo más trascendente en el Universo de la cultura náhuatl en la pintura de la Guadalupana?

 

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El Nahui- Ollin, es el símbolo que guarda la concepción del Universo, es decir, del Espacio y el Tiempo de la cultura náhuatl; es el glifo  más familiar, desde Teotihuacán hasta Tenochtitlán. Es la figura omnipresente en la iconografía y fue representado por los sabios y artistas nahuas bajo infinitas variantes, pero siempre formado por 4 puntos unificados por un centro. En la simbología náhuatl el 5 es la cifra del centro. Es el eje del que parten los 4 rumbos del Universo y su centro constituye el punto de contacto entre el Cielo y la Tierra.

Dicen los mitos nahuas que antes de la era actual hubo otras 4, cada una de las cuales fue destruida. Hasta entonces, las cuatro fuerzas primordiales, aire, tierra, fuego y agua, localizadas en los 4 rumbos de universo, habían ejercido un predominio absoluto, cada una de ellas, en su correspondiente edad o sol, cada uno con una edad de miles y miles de años. Pero, precisamente la oposición que surgió entre esas fuerzas cósmicas, simbolizadas por  4 divinidades, había dado por resultado los varios cataclismos que acabaron con las cuatro eras anteriores.

 

    Ahora bien, para explicar el termino final de esas luchas y la consiguiente armonía que haría posible el movimiento y la vida de esta “Quinta edad”, forjaron los tlamatinime, los sabios nahuas, una nueva y atrevida concepción del tiempo y el espació. En vez de que cada una de las fuerzas y rumbos cósmicos dominaran en forma absoluta y permanente,  como había acontecido en las edades anteriores, se introdujeron etapas sucesivas de predominio, dentro del mismo Nahui-Ollin, la quinta edad cósmica.

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     En otras palabras, el tiempo en esta quinta edad está sometido a la influencia sucesiva de cada uno de los 4 rumbos del universo. En el Quinto Sol, Nahui Ollin, el tiempo  se va espacializando, se funde con el espacio, según una cuenta determinada, de manera que, siguiendo un orden preestablecido, surgen los años del rumbo del oriente, del norte, del poniente y del sur: realidades cambiantes y múltiples que fundamentan su ser en la coincidencia e integración profunda del espacio y del tiempo.

 

     Los principios creadores fundamentales del universo náhuatl son los mismos que constituyen las 4 eras destruidas. Esto comprueba que, a pesar de haber sido tenidos por esenciales estas 4 eras anteriores no fueron consideradas aptas para la realización del ser humano más que con la creación de un centro en el que se elabora su síntesis. La parábola de Quetzalcóatl- Planeta Venus enseña que este centro está en el corazón del ser humano.

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Quetzalcóatl es el profeta de la Religión y la Historia  náhuatl. Es quien después de llevar una vida de meditación y conocer la angustia del pecado, se lanzó  hacia el Oriente, donde sale el sol, a buscar el Lugar de la Sabiduría; recorrió el camino para encontrar la verdad del Universo, del Mundo, de la Vida y del Ser humano. Al llegar y encontrarla  se inmoló, su corazón se volvió un haz de luz que subió al cielo, transformándose en un astro: el Planeta Venus.

 

     Estando el Nahui-Ollin, 4 Movimiento, determinado por los años que tarda el Planeta Venus en reencontrar al Sol (5 ciclos del planeta Venus son iguales a 8 ciclos solares), su carácter esencialmente dinámico como símbolo del ser humano se hace patente.  De ahí que el ser humano constituya el núcleo mismo del movimiento. Por las parábolas de Quetzalcóatl, sabemos que es durante el ciclo vital que el corazón, cuyo  símbolo es también el Nahui Ollin, debe alcanzar su florecimiento, es decir, debe llegar a ser un “corazón florido”. El nombre de este Sol es Nahui Ollin, este es el sol de la humanidad presente, de los que hoy existimos y es el mismo Sol  que el de Quetzalcóatl.

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La pequeña flor de cuatro pétalos en el centro de la pintura, sobre el vientre de la Guadalupana, es un Nahui-Ollin, el cual fue plasmado ahí por un artista nahua. Lo cual tiene  serias implicaciones, pues  si la pintura guadalupana no es de origen sobrenatural, entonces las milagrosas apariciones de la Virgen María a Juan Diego nunca ocurrieron.    

 

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z2En una de las misivas que Guillermo Schulemburg, abad emérito de la basílica mexicana, Esteban Martínez de la Serna, el bibliotecario, y Carlos Warnholtz, el arcipreste del templo,  remitieron al Vaticano, fechada el 27 de septiembre de 1999, los tres clérigos no sólo advierten a Roma del error que supone canonizar al legendario indio Juan Diego, sino que también añaden que, del examen de la imagen  por parte de “nuestros mejores técnicos en conservación de obras de arte”, se deduce que reúne “todas las características de una pintura hecha por mano humana, con el deterioro propio de la antigüedad”.

 

     Entre 1531 y 1648, hay un gran vacio documental respecto a las apariciones. Ni fray Zumárraga, supuesto testigo del milagro y uno de los protagonistas de la historia, las menciona  en sus memorias. Es más, en un catecismo que publica en 1547, dice: “Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester”. El silencio del obispo Zumárraga es muy significativo; en realidad nadie escribe sobre las apariciones durante más de 100 años. A pesar de que la primera referencia histórica a la pintura que se adora en el Tepeyac data de 1555 o 1556, Juan Diego no entra en escena hasta mediados  del siglo XVII.

 

    Hasta 1648, no se sabe  nada de Juan Diego. Es entonces cuando el presbítero criollo Miguel Sánchez habla por primera vez del indígena y de las apariciones en su libro Imagen de la Virgen María. La del padre Sánchez es una obra en castellano y llena de citas. No es un cuento piadoso, sino un libro de teología católica.

 

    Un año después, en 1649, se publica, por el sacerdote criollo Luis Lasso de la Vega, otra obra cuya parte central, conocida como Nican Mopohua (NM), cuenta los mismos hechos, pero esta vez en lengua náhuatl.  Expertos de la talla de Miguel León-Portilla y Ángel María Garibay afirman que el NM  no fue escrito por Lasso de la Vega, sino por el indígena nahua Antonio Valeriano.

 

    Según esta hipótesis, el autor del NM quería dejar un mensaje cifrado para las siguientes generaciones de nahuas, para que no muriera la flor de la palabra: por eso es que escribió palabras como: Tonatiuh, Tepeyac, Tlatelolco, Xochitlapan, Tonacatlalpan, Ilhuicatlalpan, Ipalnemohuani, Tloque Nahuaque, Ilhuicahua, Tlalticpaque, Teocalli… palabras cuyos significados encierran los más hondos conceptos de la antigua religión náhuatl.

El autor del NM deseaba dejar un mensaje que los hombres de Castilla no pudieran entender:

 

¿Cómo explicar de otra manera que sean 4 las apariciones, ocurriendo cada una a diferentes horas del día (amanecer, atardecer, medianoche, y mediodía?

¿Cómo interpretar el cúmulo de conceptos contenidos en esta obra literaria escrita en náhuatl del siglo XVI?

¿Por qué la descripción de la cima del Tepeyac, al momento del encuentro, corresponde íntegramente a la del Tlalocan?

¿Cómo entender el hecho de que el NM empieza con el canto de pájaros preciosos y termina con flores preciosas?

 

     Es un hecho que el indígena que escribió el NM en Tecpillahtolli,  el náhuatl florido del siglo XVI, conocía el universo de su cultura, así que no cometió un error al escribir el año  1531 como el inicio del culto guadalupano en el Tepeyac.  En realidad, las apariciones guadalupanas nunca ocurrieron, al menos no en este Universo. Ni la Guadalupana ni Juan Diegon existieron, ambos son personajes literarios quienes en el ámbito de la cultura náhuatl simbolizan, respectivamente, el universo de lo sagrado y al pueblo náhuatl derrotado y vencido por los invasores cristianos.

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El autor del NM al escribir  “Ye yuh mahtlacxihuitl in opehualoc in atl in tepetl México, in ye omoman in mitl in chimalli, in ye nohuian ontlamatkamani, in ahuacan in tepehuacan… (Diez años después de que fuera conquistada la ciudad de México, cuando ya los pueblos habían sido vencidos, cuando ya habían sido pacificados) no lo hizo porque las apariciones guadalupanas hayan en verdad ocurrido. Escribió 1531 porque éste es un año 13-Ácatl, año que de acuerdo al calendario náhuatl, marca el inicio del Quinto Sol, cuyo símbolo  y nombre es  Nahui-Ollin.

 

     El más importante de los historiadores del siglo XVI, fray Bernardino de Sahagún, señala que al predicar el evangelio en náhuatl los religiosos utilizaban como traducción el nombre Tonantzin, para referirse a la madre de Cristo, pero tal nombre para los indígenas, era el de su Diosa Madre, venerada en el cerro del Tepeyac y con los mismos rituales: ofrendas, flores, cantos y danzas. A Sahagún le resulta del todo inconveniente el culto guadalupano, ya que, en su opinión cuando los indígenas escuchaban a los frailes referirse en náhuatl a Tonantzin, pensaban en su propia deidad “Nuestra venerada Madre, la Tierra”, y no en la Virgen María, la madre de Jesucristo.

 

 

    Dice fray Bernardino de Sahagún, en su Historia General de las Cosas de la Nueva España,  acerca del culto guadalupano en el Anáhuac que parece “una invención satánica para paliar la idolatría”, pues “los indios vienen de muy lejos, tan lejos como de antes, la cual devoción también es sospechosa, porque en todas partes hay muchas iglesias a Nuestra Señora, y no van a ellas, y vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin, como antiguamente”.

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En la actualidad,  muchos indígenas siguen, seguimos, llamando Tonantzin a la Guadalupana mexicana… y continúan, continuamos, yendo en peregrinación al Cerro del Tepeyac.

 

 Cima del Tepeyac - Peregrinación 2013

 

 

 Bibliografía

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Montúfar Alonso de, Información que el Arzobispo don Alonso de Montúfar mandó practicar con motivo de un sermón que en la Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora (8 de septiembre de 1556) predicó en la capilla de San José de los Naturales del Convento de San Francisco de Méjico, el Provincial Fray Francisco de Bustamante acerca de la devoción  y culto de Nuestra Señora de Guadalupe, Imprenta, litografía y encuadernación de Ireneo Paz, México 1891.

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