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El pasado 12 de diciembre se inauguró el Zentro de Estudios Guadalupanos Amoxcalli (ZEGA –así, con “Z”) en las instalaciones del “Caracol que canta al Universo”, en el municipio de Huitziltepec, en la Mixteca poblana.

 

 

 

 

 

12 de diciembre del 2014, Caracol que canta al Universo; Huitziltepec, Mixteca poblana.

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El sol llegaba justo a la mitad del techo del cielo y el espacio abierto de la Mixteca poblana nos abría sus brazos. Como testigo, el tépetl –montaña o monte– de “espinas negras”, dador de vida y del nombre de la zona: “Hutziltepec”, observaba paciente el evento que estaba por comenzar. Compañeros y compañeras que llegamos al lugar nos organizamos para los preparativos, pequeños pero simbólicos, necesarios para la inauguración. Se colocaron flores de colores en el cuartito, aún en construcción, del ZEGA, y a los costados de la pirámide guadalupana. En la cocina, hombres y mujeres preparaban los frijoles, las rajitas con cebolla, el café y el pan que se darían en la comida. Otros más invitados  recorrían el Caracol para conocerlo, pues era la primera vez que sus pasos los habrían llevado a aquel lugar. El ambiente era festivo y la incertidumbre afloraba en la piel.

 

 

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Ya como a la una de la tarde, nos dirigimos al aula de la Escuela Autónoma, para comenzar. La construcción, recién pintadita de blanco con rojo, albergaba en su interior, murales, pinturas y carteles diversos. La imagen conocida de “Hasta la Madre dice ¡Ya Basta!” nos daba la bienvenida. Al frente, cinco sillas de plástico azul fueron colocadas con la intención de recibir ahí a los tres promotores y promotoras de educación, y a los dos futuros padrinos del Zentro de Estudios Guadalupanos Amoxcalli. Ya acomodados todas y todos en sus debidos lugares, el maestro Filo nos compartió su palabra.

 

 

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¿Son  “Tonantzin Guadalupe ” y la “Virgen de Guadalupe”  la misma?  Esta sería la pregunta que le daría dirección a la plática. La respuesta recibida fue un “NO” impregnado de historia, identidad y resistencia.

 

La “virgen”, o mejor dicho, las “vírgenes”, llegaron a estas tierras hace más de 500 años con los españoles, impuestas a las culturas prehispánicas por medio de asesinatos, sangre, saña, como lo fuera la conquista. Por medio de la religión judeo-cristiana, los invasores encontrarían la justificación perfecta para imponerse: “tenemos que llevarles la palabra verdadera” habrían dicho, mientras que por la puerta trasera se llevaban nuestros recursos naturales, nuestro oro, nuestra plata, dejando a su paso desolación y muerte. Destruyendo cada uno de los centros ceremoniales de los pueblos, naciones y tribus originarias, con las mismas ruinas construyeron sus iglesias. Los encargados de hacerlo, en todo el altiplano central, habrían sido los franciscanos. Sin embargo, a pesar de todas las estrategias llevadas a cabo –no sólo por medio de la espada, los perros amaestrados, el secuestro de niños y niñas para colocarlas en el seno de las familias indígenas y obligarlas a adoptar la “nueva religión” para luego señalar a quienes se revelaban a ésta y mantenían en la clandestinidad la religión náhuatl–, la espiritualidad  náhuatl, perduró… y sigue resistiendo.

 

 

Es así como llegó a estas tierras la llamada “Virgen de Guadalupe”, impregnada a su vez de una historia de conquista en España que duró más de 700 años, llevada a cabo por los musulmanes. Por lo tanto no es una casualidad que “Guadalupe” provenga del árabe “wad” que significa “río”, y que a su vez nos remita a la imagen tallada en madera de “Santa María Guadalupe de Cáceres”, hallada en 1326 cerca del río Guadalupe en Extremadura, España. En todo caso, ésta virgen bien podría ser la representación de la religión judeo-cristiana que quisieron imponer los conquistadores.

 

 

En el caso de la “Guadalupana”, en estas tierras, la historia es diferente. La espiritualidad, decíamos, de los pueblos, naciones y tribus de este continente no fue derrotada. Detrás de cada santo, virgen, de cada pintura, escultura o templo de la religión judeo-cristiana impuesta se escondía un sentimiento profundo, una forma de concebir al mundo bien diferente. Una resistencia callada pero firme que en nuestros días resurge con la fortaleza de los “guardianes” de la tierra. “Nosotros, nosotras en la Escuela Emiliano Zapata no creemos en los “milagros”, no creemos la historia de que la virgen es la representación de la madre de Jesucristo, preñada por el “Espíritu santo”. Esos son cuentos, fantasías que nos quisieron meter los conquistadores”, explicó el maestro Filo. “Sabemos que la pintura de la Guadalupana fue hecha por un indígena llamado Marcos Cipactli, y en esa pintura se esconden huellas, símbolos, es un códice que nos habla de la espiritualidad náhuatl, que nos habla de Tonantzin, la tierra, la madre generosa generosa que a todos alimenta y a la que al morir regresaremos”.

 

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Y ojo, esta aseveración no surge de la nada, no es un cuento o una nueva fantasía creada. Si es posible decir que la “Tonantzin Guadalupana” es fin, continuación y comienzo de la antigua tradición náhuatl,  es porque su culto se fundamenta en dos obras de arte de la cultura náhuatl:  la pintura que se encuentra en la Basílica de Guadalupe y la historia de las apariciones guadalupanas al indígena Juan Diego, conocida comúnmente como Nican Mopohua.

Entonces la tarea del ZEGA es interpretar el culto guadalupano en México, pero no desde el judeo cristianismo sino desde la antigua tradición náhuatl. Pero ¿Cómo? ¿Cómo hacerlo  de manera seria y formal?

El ZEGA se propone hacerlo en base a dos dos documentos históricos que le dan sustento a lo dicho. El primero de ellos es el “Códice Borgia” –llamado así por el cardenal italiano Stefano Borgia– el cual nos habla de la transición entre el mundo mixteco-popoloca y el náhuatl. Éste sería, por decirlo de alguna manera, el único libro sagrado prehispánico de la Mixteca poblana que sobrevivió a la terrible quemazón llevada a cabo  en la Conquista espiritual de la Mixteca poblana.

No hay que olvidar que tan sólo en Texcoco,  considerada la capital cultural mesoamericana al tiempo de la Conquista,  en donde existían grandes bibliotecas, y según los  arrogantes relatos franciscanos, la quemazón de códices duro tres días y tres noches.

En fin, que el original del Códice Borgia (el cual conserva sus primeras páginas chamuscadas, como prueba de que estaba destinado a la destrucción) se encuentra en el Vaticano, ¡tremenda contradicción!, y una copia facsimilar  se encuentra en el ZEGA ¡Oh, fortuna!

Es en este códice donde encontramos la concepción del Espacio y del Tiempo  de la cultura náhuatl.

Y  es que si uno se fija  bien,  en el centro de la pintura guadalupana aparece una pequeña flor de 4 pétalos,  un Nahui Ollin (4 puntos unidos por un centro, por cierto que el mismo símbolo aparece ene le calendario azteca), el símbolo de la antigua cosmovisión náhuatl: la 4 eras anteriores , los 4 rumbos del Universo, el planeta Venus… Lo que no puede ser una casualidad,  es indudable que el pintor la colocó ahí con toda intención.

El segundo texto en el que se basa la  interpretación del ZEGA  es el Códice de la Poesía Náhuatl, el libro  editado en 2011 por la UNAM bajo la dirección de Miguel León-Portilla, llamado “Cantares Mexicanos”. En este caso hablamos de un libro, escrito en el ya castellanizado náhuatl, en donde encontramos poemas que encierran en su seno pensamiento y espiritualidad de esta cultura. Conceptos que encierran la cosmovisión indígena son utilizados en estos poemas que, por ejemplo, en el caso del llamado  Cuicapeuhcayotl, “El principio de los cantos”, nos recuerdan, casi fielmente, la historia del encuentro del personaje “Juan Diego” con la supuesta “virgen de Guadalupe”. En este caso, se puede afirmar que la historia de la apariciones guadalupana al indígena Juan Diego debe entenderse en el contexto de la  antigua cultura náhuatl. De tal manera que si analizamos  el Cuicapeuhcayotl  y lo comparamos con el “Nican Mopohua”, veremos que la casualidad no es una opción factible, ambos textos hacen referencia a dos planos que darían sentido a la manera de concebir al mundo de los náhuas: el Tlaltikpac –el mundo material,  todo lo que está sobre  la superficie  de la Tierra”, o la realidad que vivimos–, y el Xochitlalpan –el estado espiritual al que pueden acceder hombres o mujeres por medio de las plantas sagradas–. Así, podemos confirmar que “el monte, lleno de flores”, el Tepeyac (milenario lugar sagrado del altiplano central consagrado a  Tonantzin la Madre Tierra,  en donde supuestamente Juan Diego se encuentra a la virgen, es una descripción de lo que los macehuales conocían como el Xochitlatlpan, que en su traducción textual se refiere al “Tierra de las flores”.

 

 

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En todo caso, es justamente ahí en donde encontramos el objetivo del recientemente inaugurado Zentro de Estudios Guadalupanos Axmokali, que será el estudiar, de manera científica, a la Guadalupana desde el punto de vista de la cultura náhuatl. Un reto complicado, pero importante.

 

 

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Después de darle una respuesta a la pregunta de ¿Son la misma  la Tonantzin Guadalupe y la Virgen de Guadalupe”?, el maestro Filo le dio la palabra al padrino y la madrina, quienes agradecieron con su corazón la invitación de formar parte de este nuevo proyecto. Después, serían l@s otr@s dos promotor@s de educación (Caro y Leonel) quienes explicarían el trabajo que realizan en la Escuelita, para finalizar con la participación de los y las presentes, quienes hicieron preguntas y compartieron la impresión que les había dejado todo lo que se explicó. Una estudiante de la UNAM nos compartió que antes de llegar al Caracol no se imaginaba de qué se trataba todo este asunto de estudiar a la Guadalupana: “La verdad es que llegué escéptica, porque me considero atea… pero ya entendiendo de qué se trata todo esto, me voy muy contenta e interesada en regresar”. Luego de terminar la sesión de preguntas y respuestas, Mario Martínez, grabador y padrino del aula de la Escuela Autónoma Emiliano Zapata, hizo entrega de una linografía llamada “in Xochitl, in Kuikatl. Tonantzin, Madre Tierra”, una imagen en blanco y negro que recrea al otro guadalupanismo, en donde la concepción de la cosmovisión náhuatl está representada por este grabado popular, de abajo y a la izquierda.

 

 

 

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Al término de la plática, nos encaminamos todos y todas al recinto en donde se terminará de construir, próximamente, el ZEGA. Al frente, en una mesita con la Guadalupana de testigo, se colocaron la copia del Códice Borgia y los libros de “Cantares Mexicanos”. Las flores de colores resaltaban con los rayos del sol colándose por el techo aún sin terminar. Parados sobre el suelo de la Tonantzin, se comenzaron a repartir pétalos de rosas, que a manera de confeti, se aventarían para la inauguración formal. Al coro unísono del “uno, dos, tres…” los pétalos volaron por encima de nuestras cabezas en un momento casi místico e interminable. Una lluvia de flores de colores por unos segundos nos sorprendió, haciendo parecer como si el “Xochitlalpan” abriera sus puertas para asomarnos al mundo espiritual náhuatl y le diera la buenaventura al proyecto que pronto habrá de encontrar su camino…

 

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No está de más decir que este Centro de Estudios Guadalupanos Amoxcalli es un paso más que se da hacia el horizonte de llevar a la práctica los derechos de los pueblos indígenas descritos en los Acuerdos de San Andrés Sakamch’en de los Pobres. Antes que nada este acto es político, es parte de la resistencia, es una premonición de lo que ya anunciaban los zapatistas en diciembre de 2012: “¿ESCUCHARON? Es el sonido de su mundo derrumbándose. Es el del nuestro resurgiendo. El día que fue el día, era noche. Y noche será el día que será el día”. En todo caso, el objetivo más primero es el de dignificar en el presente, y en el pasado, la cultura náhuatl, para construir futuro.

 

 

 

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Poco a poco, la tarde se fue desvaneciendo. La comida fue compartida con los y las presentes. En el ocaso una primera estrella cobró fuerza, nos recordó que el camino es largo, pero que ya se va haciendo. El compromiso de que el ZEGA cumpla con su función quedó impregnado de esta lucecita.

 

 

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